miércoles, 17 de junio de 2026

Cita CMXLXVI: Un tesoro secreto de serpientes raras en Ecuador

Hace una década, un joven científico estadounidense llamado Alex Bentley viajó a la pequeña localidad ecuatoriana de Mera para estudiar una elusiva especie de serpiente conocida como la “X”. Durante su visita, un guardabosques local le habló de un anciano que poseía una extraordinaria colección de serpientes.

Al llegar a una choza situada en la propiedad del hombre, Bentley se encontró con un cartel que anunciaba un precio de entrada de 1 dólar para adultos y 50 centavos para niños. El exterior estaba rodeado de flores de anturio y plantas tropicales de hoja perenne. Pagó el dólar y entró en una pequeña construcción polvorienta con paredes de celosía blanca y techo de lámina ondulada.

En el interior, sobre estantes de madera, había decenas de serpientes muertas, enroscadas dentro de botellas de plástico y frascos de vidrio. Los especímenes, poco comunes y desconocidos, flotaban en un licor de caña que se había enturbiado con el paso de las décadas.

Eran como un “pequeño tesoro escondido”, recordaba Bentley, “algo que simplemente había sido pasado por alto”. Los frascos contenían serpientes enormes y especies cuyos nombres ni siquiera Bentley conocía; era una colección que había comenzado 70 años atrás.

Pero algo lo cautivó aún más: el coleccionista, Manuel Genaro Peñafiel, un agricultor delgado y bigotudo que vivía en la casa blanca de al lado y había transformado la choza en un museo improvisado.

Peñafiel, que entonces tenía 90 años, había pasado toda su vida capturando serpientes en su finca, con frecuencia arriesgándose a recibir mordeduras mortales. Sus estantes albergaban de todo, desde delgadas serpientes látigo hasta la equis, la letal víbora de foseta nombrada así por su marca en forma de reloj de arena.

En una región donde lo normal al ver una serpiente era sacar un machete, Bentley estaba desconcertado: ¿por qué Peñafiel las había conservado?

Bentley admitió que era difícil poner en palabras su propia obsesión por estas criaturas incomprendidas. Y sin embargo, ahí estaba un agricultor sin formación científica que sentía lo mismo. Inmediatamente surgió una complicidad entre los dos hombres, una conexión compartida en torno a lo que Bentley describió como “el llamado de las serpientes”.

‘Si encuentran una serpiente, no lastimarla’

Mera es un pueblo de unos mil habitantes en la provincia de Pastaza, enclavado entre el bosque nuboso de las estribaciones orientales de los Andes y la selva amazónica. La zona recibe aproximadamente 3 metros de lluvia al año. Todas las tardes, los agricultores bajan leche fresca de las fincas aisladas en las colinas que rodean el pueblo.

Peñafiel llegó a Mera —cerca de Shell, nombrado así por la compañía petrolera—, a principios de la década de 1930, cuando tenía 7 años, junto con sus padres y hermanos, que emigraron desde el altiplano andino. Se convirtió en agricultor como su padre, y cultivaba naranjilla, una fruta de sabor cítrico que sabe como una mezcla de piña y limón.

En aquellos días, las serpientes formaban parte de la vida cotidiana. Aparecían en los cultivos, en las cocinas y bajo los pies, y a menudo eran eliminadas rápidamente con un cuchillo, y sus cuerpos partidos en dos eran arrojados afuera.

Pero a Peñafiel le fascinaban estas criaturas y quería comprenderlas.

En 1958, un año después de casarse con su esposa, Maruja Acosta, capturó su primer ejemplar, una equis pequeña. En lugar de tirarla, la guardó en un frasco con un licor de olor fuerte. A partir de entonces, le dio una orden a sus trabajadores agrícolas: “Si encuentran una serpiente, no lastimarla”. Quería ejemplares intactos en su colección.

Las sujetaba con una rama bifurcada, con la que les inmovilizaba la cabeza mientras sus cuerpos se retorcían. Luego las ataba con lianas de la selva. Por las tardes, al regresar de los campos, preparaba dos o tres frascos con alcohol y metía cuidadosamente los hallazgos del día.

“Me gustaban”, dijo en una entrevista en abril. “Y así fue el comienzo de las serpientes”.

Acosta, su esposa, que se ocupaba de la cocina de leña, toleraba el pasatiempo con pragmatismo. Con ocho hijos, temía a las mordeduras de serpiente; ella mataba cualquier serpiente viva que encontrara dentro de la casa.

Las que se encontraban fuera, enroscadas entre la cosecha, eran de Peñafiel.

En los años siguientes, capturó falsas corales, corredoras brillantes y tierreras. Al principio las guardaba en una estantería de madera dentro de la casa, encima de un escritorio. Milena Peñafiel, su nieta, recordó cómo corría a la casa cuando era niña para ver si había nuevos especímenes. A menudo, ella y sus primos jugaban al escondite entre los estantes.

“Yo les tenía miedo y respeto”, dijo. Cada frasco era una historia, que su abuelo le contaba sobre sus aventuras en el bosque. Con el tiempo, la familia vendió la finca y se mudó más cerca del centro de Mera. “Yo junté todo”, dijo Acosta, “Y me traje las culebras”.

Construyeron una cabaña especial, colocaron los frascos en estantes y colgaron un cartel de entrada.

Su museo llevaría a Bentley hasta la puerta de Peñafiel.

En busca de la equis

A principios del siglo XXI, mientras Peñafiel se mudaba al centro de Mera, Bentley crecía en Salem, Virginia, con un único objetivo. A los 8 años, vendió limonada durante semanas para ahorrar 80 dólares y comprarse una falsa coralillo.

A los 13 años ya criaba varias especies de serpientes, entre ellas pitones bola y variantes de culebras ratoneras, y las vendía en Craigslist. En el bachillerato publicaba artículos científicos sobre la diversidad de serpientes en el Área de Gestión de la Vida Silvestre de Havens, en Virginia, y en la universidad salía por la noche a cazar serpientes de cascabel con investigadores de serpientes destacados.

Lo que él más deseaba era estudiar serpientes en su hábitat natural.

Mientras estudiaba biología y español en el Wofford College de Carolina del Sur, viajó a Mera para investigar la historia natural de la serpiente “X” para un proyecto de tesis.

Bentley quedó “impactado” por la colección de Peñafiel. Él había llegado a Mera creyendo que se había hecho muy poco para documentar las poblaciones de serpientes en este remoto rincón del Amazonas.

La selva albergaba todo tipo de criaturas. Las ranas emitían sonidos como de videojuegos (“piu, piu”) y los insectos fluorescentes brillaban bajo la luz ultravioleta. Los lechuzones acorallados ululaban en la noche. Hongos mágicos crecían en el suelo. Las ranas de cristal se aferraban a las hojas, con sus órganos visibles a través de su piel translúcida. Las anguilas eran más largas que una guitarra. Una tímida tarántula había vivido en un agujero de un árbol durante cinco años.

“Se necesitarían varias vidas para entender todo esto”, dijo Bentley.

En parte, la inusual abundancia de Mera se debe al gradiente vertical: el drástico cambio ecológico desde los altos Andes hasta la cuenca del Amazonas. Las serpientes ocupan todos los nichos a lo largo del camino: las víboras loro mashaco cazan en las copas de los árboles y las culebras de agua de Pastaza se deslizan por los ríos de abajo.

Tras mudarse oficialmente a Mera en 2019 y vivir ahí un par de años, Bentley se casó con Dione Fiallos, una ecologista local cuya familia llevaba generaciones en el pueblo y que era pariente lejana de la familia Peñafiel. Juntos fundaron Waska Amazonía, una organización sin fines de lucro dedicada a la conservación, y a menudo se movilizaron contra las gigantescas empresas petroleras que estaban entrando en Mera.

En 2023, Bentley inició el proceso de estudiar formalmente la colección de Peñafiel, catalogando el trabajo de toda una vida, que tenía valor científico, pero que nunca había sido reconocido ni ordenado. El objetivo era documentar las especies encontradas en Mera. Pero haría falta todo un pueblo para examinar su contenido. Al principio, la familia de Peñafiel se negó. Él ya tenía 98 años y temía que la colección, una de sus posesiones más preciadas, sufriera daños. La valoraba con un orgullo reservado. Finalmente, cedieron.

Más de 100 personas se sumaron a la iniciativa, incluidos bomberos, taxistas y científicos internacionales. La investigación se llevó a cabo fuera de la casa de Peñafiel, en una cabaña abierta de madera donde los especímenes se disponían sobre mesas para estudiarlos.

En el transcurso de varios días, científicos y voluntarios revisaron los frascos uno por uno: fotografiaban las serpientes, contaban escamas y tomaban muestras. Después, el viejo licor de caña fue reemplazado; los especímenes se fijaron en formaldehído y se transfirieron a nuevos frascos con alcohol al 96 por ciento, cada uno etiquetado con su nombre científico escrito con letra clara.

La investigación acabó extendiéndose más allá de la cabaña. Bentley y otros científicos examinaron serpientes de Mera conservadas en colecciones de museos y universidades de todo Ecuador, incluidas algunas de Quito. En conjunto, analizaron material acumulado a lo largo de 85 años: 666 especímenes individuales que representaban 66 especies, siete de las cuales nunca se habían registrado formalmente en Mera.

Uno de los especímenes de Peñafiel era la coral acintada occidental más grande jamás registrada: más de metro y medio de largo. Desde entonces no se ha vuelto a ver ninguna serpiente coral acintada occidental de ese tamaño.

Otras no se habían encontrado a esas altitudes en años.

Algunas serpientes no habían sido vistas en sus hábitats originales en décadas. La culebra de agua de Pastaza, capturada en el arroyo que se encuentra junto a la antigua finca de la familia Peñafiel, recibió su nombre por la provincia y el río contaminado en el que habitaba antiguamente.

Entre los participantes en el estudio se encontraba Jaime Culebras, herpetólogo y fotógrafo de la Fundación Cóndor Andino, quien afirmó que el trabajo de Bentley “realmente posicionó a Mera como un lugar interesante”.

Los investigadores descubrieron que al menos una cuarta parte de todas las especies de serpientes de Ecuador se encontraban solo en Mera, lo que convierte a la localidad en uno de los hábitats de serpientes con mayor diversidad del planeta. Y muchos de los especímenes se encontraban en la choza de Peñafiel.

Los investigadores querían describir la colección de Peñafiel sin exponerlo a críticas. Él había comenzado a capturar serpientes décadas antes de que existieran los permisos científicos, lo que dejaba su actividad en una zona gris legal. La mejor vía a seguir, según Mario Yánez-Muñoz, ecólogo de la conservación del Instituto Nacional de Biodiversidad de Ecuador, era la transparencia: publicar la investigación de forma abierta como una manera de legitimar lo que Peñafiel había construido.

El estudio científico se publicó en la revista arbitrada Check List en octubre de 2025, exactamente diez años después del mes en que Peñafiel y Bentley se conocieron. Los nombres de ambos figuran en él.

‘Ya no las matamos’

En Mera, las cosas empezaron a cambiar. Cuando la gente encontraba una serpiente, llamaba a Bentley. Él llegaba con un equipo de voluntarios y estudiantes, capturaba al animal con cuidado y lo liberaba en lo profundo de la selva, lejos del pueblo.

A veces la serpiente era una pequeña equis roja, que sigue siendo la criatura más temida de la región. A veces era una boa arcoíris gigante, de hasta 180 centímetros de longitud, con escamas que reflejaban una luz iridiscente.

Una vez, un hombre estaba cortando madera en el bosque y encontró una pequeña serpiente entre las tablas apiladas. Él antes mataba a las serpientes; esta fue la primera que metió en un frasco y le llevó a Bentley. Resultó ser una especie aún no descrita.

Encontrar una nueva especie de vertebrado —una serpiente, una rana, un pájaro— es algo extremadamente raro; casi todo lo que queda por describir pertenece al mundo de los invertebrados, como los insectos y las arañas. La serpiente resultó ser una boa pigmea de un linaje ancestral. Era endémica de una cadena montañosa cercana a Mera que existía antes de los Andes.

“Esta serpiente es una especie emblemática de Mera”, dijo Bentley refiriéndose a la criatura de color marrón anaranjado oscuro, de no más de treinta centímetros. El único ejemplar se encuentra ahora en el Instituto Nacional de Biodiversidad.

Otros habitantes de Mera también empezaron a sentir fascinación por las serpientes. Uno de ellos era Wilson Ebla, de 57 años, un lechero que a menudo encontraba boas en su finca. Había nacido en Mera y solía pensar que matar serpientes era necesario para proteger a los animales de granja; una vez perdió un caballo a causa de una mordedura de serpiente.

“Desde que usted llegó”, le dijo a Bentley una tarde lluviosa de abril, “ya no las matamos”.

Ahora, a Ebla le emociona encontrar una serpiente en su finca. Esa noche pasaba rápidamente videos de serpientes en su teléfono, con los ojos iluminados. “Juego con ellas y las dejo ahí mismo”, dijo.

Pionero de Mera

Mientras esperaba la visita de Bentley una mañana a principios de abril, Peñafiel, que ahora tiene 101 años, estaba sentado en una silla de bambú grueso, con un libro de fábulas sobre la felicidad abierto en su regazo. El aroma cítrico de la hierba limón flotaba en el aire, y de un altavoz emanaban baladas latinas de ritmo pausado.

Cuando llegó Bentley, compartieron una taza de café y hablaron de Mera y de política, incluyendo los planes futuros que querían plantear al gobierno local. También hablaron de la más reciente incorporación a la colección: otra equis, capturada recientemente por uno de los hijos de Peñafiel.

El artículo científico que habían publicado —unido con un clip metálico, impreso y ensamblado— reposaba sobre una mesa cercana. Alguien también había mandado imprimir la primera página en una taza. Un gato atigrado naranja descansaba en un rincón.

“Quiero agradecerte”, dijo Peñafiel, volviéndose hacia Bentley.

Sostenía una placa enmarcada del gobierno provincial, entregada en reconocimiento a la labor de toda su vida.

Bentley la observó. Aún llevaba los guantes que había usado para manipular la nueva serpiente.

“Manuel Genaro Peñafiel Flores”, decía la placa. “Pionero de Mera”. El reconocimiento destacaba su curiosidad, su amor por la naturaleza y décadas dedicadas a coleccionar, y atribuía a la labor de toda su vida el haber consolidado a Mera como uno de los lugares con mayor biodiversidad de serpientes del mundo.

Al final, una última línea decía: “Su ejemplo trasciende el tiempo”.

Fuente: https://www.nytimes.com

Por: Alexa Robles-Gil es una reportera de ciencia y forma parte de la generación 2025-26 de Times Fellowship, un programa para periodistas al comienzo de sus carreras.

 

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GUILLERMO GALDOS RODRÍGUEZ 

Nació en Tiabaya, Arequipa, el 23 de octubre de 1923. Estudió en la Universidad Nacional de San Agustín, graduándose en Letras y Derecho en 1949. Se dedicó a la historia y la archivística, siendo autodidacta en paleografía. Fue el primer Director del Archivo Regional de Arequipa (1974-1999) y participó en congresos nacionales e internacionales. Recibió múltiples distinciones y falleció el 20 de septiembre de 2002. Se especializó en etnohistoria y la historia colonial de Arequipa. Entre sus libros publicados destacan La Rebelión de los Pasquines (1980), Historia General de Arequipa (1990, coautor) y Kuntisuyu, lo que encontraron los españoles (1985). Publicó más de 130 artículos y numerosos libros fundamentales en la historiografía regional.

 

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Fuente: T-Series


CADENA DE LETRAS


Libro: Travesuras de la niña mala

 


Pero el hecho más notable de aquel verano fue la llegada a Miraflores, desde Chile, su lejanísimo país, de dos hermanas cuya presencia llamativa y su inconfundible manerita de hablar, rapidito, comiéndose las últimas sílabas de las palabras y rematando las frases con una aspirada exclamación que sonaba como un «pué», nos pusieron de vuelta y media a todos los miraflorinos que acabábamos de mudar el pantalón corto por el largo. Y, a mí, más que a los otros.

La menor parecía la mayor y viceversa. La mayor se llamaba Lily y era algo más bajita que Lucy, a la que le llevaba un año. Lily tendría catorce o quince años a lo más y Lucy trece o catorce. El adjetivo llamativa parecía inventado para ellas, pero, sin dejar de serlo, Lucy no lo era tanto como su hermana, no sólo porque sus cabellos eran menos rubios y más cortos y porque se vestía con más sobriedad que Lily, sino porque era más callada y, a la hora de bailar, aunque también hacía figuras y quebraba la cintura con una audacia a la que ninguna miraflorina se atrevería, parecía una chica recatada, inhibida y casi sosa en comparación con ese trompo, esa llama al viento, ese fuego fatuo que era Lily cuando, instalados los discos en el pick up, reventaba el mambo y nos poníamos a bailar.

Lily bailaba con un ritmo sabroso y mucha gracia, sonriendo y canturreando la letra de la canción, alzando los brazos, mostrando las rodillas y moviendo cintura y hombros de manera que todo su cuerpecito, al que modelaban con tanta malicia y tantas curvas las faldas y blusas que llevaba, parecía encresparse, vibrar y participar del baile de la punta de los cabellos a los pies. Quien bailaba el mambo con ella la pasaba siempre mal, porque ¿cómo seguir sin enredarse el torbellino endiablado de esas piernas y patitas saltarinas? ¡Imposible! Uno quedaba rezagado desde el principio y muy consciente de que los ojos de todas las parejas estaban concentrados en las hazañas mamberas de Lily. «¡Qué niñita!», se indignaba mi tía Alberta, «baila como una Tongolele, como una rumbera de película mexicana». «Bueno, no olvidemos que es chilena», se hacía eco ella misma, «el fuerte de las mujeres de ese país no es la virtud».

Yo de Lily me enamoré como un becerro, la forma más romántica de enamorarse —se decía también templarse al cien—, y, en ese verano inolvidable, le caí tres veces. La primera, en la platea alta del Ricardo Palma, ese cine que estaba en el Parque Central de Miraflores, en la matinée del domingo, y me dijo que no, era todavía muy joven para tener enamorado. La segunda, en la pista de patinaje que se inauguró justamente ese verano al pie del Parque Salazar, y me dijo no, necesitaba pensarlo porque, aunque yo le gustaba un poquito, sus padres le habían pedido que no tuviera enamorado hasta que terminara el cuarto de media y ella estaba todavía en tercero. Y, la última, pocos días antes del gran lío, en el Cream Rica de la avenida Larco, mientras tomábamos un milk-shake de vainilla, y, por supuesto, otra vez que no, para qué me iba a decir que sí ya que estando como estábamos parecíamos enamorados. ¿No nos ponían siempre de pareja donde Marta cuando jugábamos a las verdades? ¿No nos sentábamos juntos en la playa de Miraflores? ¿No bailaba ella conmigo más que con cualquiera en las fiestas? ¿Para qué, pues, me iba a dar formalmente el sí si todo Miraflores ya nos creía enamorados? Con su fachita de modelo, unos ojos oscuros y pícaros y una boquita de labios carnosos, Lily era la coquetería hecha mujer.

Extracto del libro Travesuras de la niña mala.

 

Creando una admirable tensión entre lo cómico y lo trágico, el Premio Nobel de Literatura y Príncipe de Asturias de las Letras, Mario Vargas Llosa, libera en esta novela una historia en la que el amor se nos muestra indefinible, dueño de mil caras, como la niña mala.

¿Cuál es el verdadero rostro del amor? Ricardo ve cumplido, a una edad muy temprana, el sueño que en su Lima natal alimentó desdeque tenía uso de razón: vivir en París. Pero el rencuentro con un amor de adolescencia lo cambiará todo. La joven, inconformista, aventurera, pragmática e inquieta, lo arrastrará fuera del pequeño mundo de sus ambiciones. Testigos de épocas convulsas y florecientes en ciudades como Londres, París, Tokio o Madrid, que aquí son mucho más que escenarios, ambos personajes verán sus vidas entrelazarsesin llegar a coincidir del todo. Sin embargo, esta danza de encuentros y desencuentros hará crecer la i ntensidad del relato página a página hasta propiciar una verdadera fusión del lector con el universo emocional de los protagonistas. Mario Vargas Llosa juega en Travesuras de la niña mala (2006) con la realidad y la ficción para ilustrar la complejidad del amor: pasión y distancia, azar y destino, dolor y disfrute... ¿Cuál es el verdadero rostro del amor? 


MARIO VARGAS LLOSA

(Arequipa, 1936 - Lima, 2025). Premio Nobel de Literatura, su carrera literaria se inició con el estreno de un drama en Piura y el libro de relatos Los jefes, pero alcanzó notoriedad con sus novelas La ciudad y los perros (1962; Premio Biblioteca Breve y Premio de la Crítica) y La casa verde (1966; Premio de la Crítica y Rómulo Gallegos).

Escribió piezas teatrales —La señorita de Tacna, Kathie y el hipopótamo, La Chunga, El loco de los balcones, Ojos bonitos, cuadros feos, Las mil noches y una noche y Los cuentos de la peste—, estudios y ensayos —García Márquez: Historia de un deicidio, Carta de batalla por Tirant lo Blanc, La orgía perpetua, La utopía arcaica, La verdad de las mentiras, La tentación de lo imposible, El viaje a la ficción, La civilización del espectáculo, La llamada de la tribu y La mirada quieta (de Pérez Galdós)—, memorias —El pez en el agua—, relatos —Los cachorros—, obra periodística —El fuego de la imaginación, El país de las mil caras y El reverso de la utopía—, Conversación en Princeton, con Rubén Gallo, Medio siglo con Borges, Dos soledades, Un bárbaro en París: Textos sobre la cultura francesa, y, sobre todo, novelas: Conversación en La Catedral, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el escribidor, La guerra del fin del mundo, Historia de Mayta, ¿Quién mató a Palomino Molero?, El hablador, Elogio de la madrastra, Lituma en los Andes, Los cuadernos de don Rigoberto, La Fiesta del Chivo, El Paraíso en la otra esquina, Travesuras de la niña mala, El sueño del celta, El héroe discreto, Cinco Esquinas, Tiempos recios y Le dedico mi silencio.

Además de los mencionados, recibió los premios Cervantes, Príncipe de Asturias, PEN/Nabokov y Grinzane Cavour. Fue miembro de la Real Academia Española y de la Académie Française.


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Autor: Mario Vargas Llosa

Editorial: Alfaguara

Tamaño: 15 x 24 cm.

Páginas: 384

Año: 2014


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