Jorge Valdano es una figura singular en el futbol. Fue un futbolista
extraordinario que formó parte de la selección argentina que, con Diego
Armando Maradona a la cabeza, le dio a Argentina la copa mundial de
1986. Una vez que dejó las canchas, Valdano se convirtió en algo único:
un pensador del futbol. León Krauze conversó con él
sobre la grandeza de un deporte que trasciende generaciones, culturas y
fronteras y que, en un mundo marcado por la polarización, sigue
convocando a millones.
Jorge, pienso que, en este tiempo convulso, el futbol parece
ser nuestro último vínculo, el único lenguaje verdaderamente universal.
En un mundo dividido de tantas maneras, la pelota sigue uniendo a
millones. ¿Cómo explicas la comunión única que provoca el futbol?
Se trata de un territorio puramente emocional. Y las emociones unen,
crean comunidad y también crean violencia. Por lo tanto, hay que
encontrarle la justa medida. Y no obstante es verdad que genera un
vínculo que va por encima de razas, por encima de ideologías. La
selección argentina que ganó el Mundial de Catar es un buen ejemplo. En
estos momentos el país está dividido en dos, está absolutamente
polarizado, y lo único que logró unirlo –en una ocasión– fue cuando
Argentina fue campeona del mundo y sacó a cinco millones de personas a
la calle. Es un milagro que logran el fútbol y muy pocas cosas. Y por
eso conviene cuidarlo. Y cuidar sobre todo las aristas, porque el fútbol
también alcanza muchas veces cuotas de violencia que son muy
desagradables, y para nada son un ejemplo.
La Copa del Mundo logra algo extraordinario: millones de
personas sienten la misma emoción –que luego se convierte en tristeza o
alegría, pero la misma calidad de emoción– al mismo tiempo. Tú que has
jugado y has ganado la copa, ¿qué tiene el torneo que lo vuelve una
experiencia realmente única en el mundo?
En primer lugar, se juega cada cuatro años, lo que lo convierte en un
torneo excepcional. La expectativa contribuye a generar un interés muy
potente. Además, en los jugadores y en los aficionados, ver a la
selección tiene otro poder. Jugar envuelto en la bandera de tu país no
se parece absolutamente a nada. Y hacerlo en un Mundial tiene todavía un
punto más de intensidad emocional. Yo recuerdo que antes de salir a
jugar un partido demoraba en ponerme la camiseta, porque me parecía un
rito tan bonito, tan hermoso, tan soñado desde que era un niño, que ese
instante había que saborearlo. Y luego jugar y ganar el Mundial es el
clásico momento de “Esto no me está pasando a mí.” No es el tipo de
cosas que suelen pasarles a las personas: meter un gol en una final,
ganar, es decir, experiencias que he vivido, que las tengo muy nítidas
en la memoria y que solo se logran ante hechos excepcionales. Y el
Mundial tiene eso, la excepcionalidad.
¿Qué te pasa por la mente cuando estás escuchando el himno de
tu país? ¿Piensas en tus padres, en tus familiares, en tus amigos, en
todo tu país? ¿Qué te pasa por la cabeza? Quizá nada y simplemente la
concentración del momento.
A mí la infancia me pasaba por la cabeza. Yo recuerdo al entrenador
dándonos la charla antes de la final de la Copa del Mundo. Lo que hizo
fue sacar un índice de psicología para tocar todos los palos que
encontró, para apretarnos todos los botones de la motivación. De esos
solo uno logró captarme. Me dijo: “Hoy no hay colegios en Argentina para
que los niños puedan verlos a ustedes.” Era algo que me vinculaba con
mi propia infancia, con lo que yo sentía cuando veía a la selección
argentina. Y fue ese el nudo motivacional que me puso en otra dimensión.
¿Qué le dio a la sociedad argentina el triunfo en el Mundial
del 86? Y en términos más generales, ¿qué le puede dar a un pueblo la
alegría futbolística? No me refiero necesariamente a ganar la copa, algo
que muy pocos países han disfrutado –nosotros no sé si alguna vez lo
viviremos, se vale soñar–. La alegría futbolística, que no tiene que ser
volverse campeón del mundo y puede ser más bien ganar un partido o
hacer un gol, ¿qué le da a un pueblo?
Conviene escuchar lo que voy a decir con una cierta distensión. Con
el paso del tiempo, el partido que Argentina le ganó a Inglaterra en el
Mundial del 86 ha alcanzado una dimensión muy superior a la final de la
Copa del Mundo. Se volvió absolutamente mítico y ha llegado a tener un
extraordinario valor simbólico. Pongámosle cifra: la camiseta con la que
Maradona jugó frente a Inglaterra fue comprada en una subasta por ocho
millones de dólares. La camiseta que Maradona usó en la final se compró
también en una subasta por trescientos mil dólares o una cosa así.
Fíjate que estamos comparando la final y un partido de cuartos de final.
Pero con dos goles históricos.
Dos goles históricos, pero algo más. Fue la venganza de la guerra de
las Malvinas. Por eso digo que esta opinión hay que entenderla en su
justa dimensión. ¿Cómo va a pesar tanto un partido como una guerra? En
términos simbólicos, sí. Para Argentina hubiera sido insoportable perder
ese partido frente a Inglaterra. De hecho, la dimensión que el partido
tenía para nosotros no fue la misma que tuvo para los jugadores
ingleses, que eran los que habían ganado aquella guerra. Con el tiempo
aquel partido no ha hecho más que aumentar en importancia. Desde antes
Diego ya se había consagrado en términos futbolísticos, porque era un
genio, pero en ese partido su figura alcanzó la misma magnitud que la de
un prócer. Haberle ganado a Inglaterra de la manera en que le ganó, lo
puso en otro lugar. Yo siempre dije que todos los jugadores de Argentina
volvimos al país como ciudadanos y que Maradona volvió arriba de un
caballo blanco como el general San Martín, libertador de Argentina.
¿Qué dijo Maradona después de ese partido contra Inglaterra?
Pienso en el estadio o, incluso después, en la concentración. Ustedes se
concentraban en el campo de entrenamiento del América. (Y a pesar de
eso fueron campeones del mundo.)
Esto lo he contado muchas veces y lo he escrito en alguna ocasión
porque sirve para entender cómo funciona la cabeza de un genio en
acción. Cuando entramos al vestidor, Maradona no había visto su gol por
televisión y yo le dije: “Bueno, Diego, a partir de hoy ya estás en el
mismo lugar que Pelé en la historia del fútbol.” Y él me dijo: “Fíjate
cómo son las cosas. A lo largo de la jugada, yo te la quería dar a ti,
que venías en el segundo palo, pero siempre había un inglés que se me
cruzaba y me hacía cambiar de idea.” Y le digo: “¡También me viste a
mí!” Porque no es que viera una sombra celeste y blanca; sabía que era
yo. Luego me dijo algo todavía más insólito: “Cuando me enfrenté a
Shilton –el portero de Inglaterra– me acordé de mi hermano.” Y la
historia es que ocho años antes él había jugado en Wembley un partido
frente a Escocia. Hizo una jugada muy parecida a la del gol que le marcó
a Inglaterra, pero, cuando se enfrentó al portero, tiró a segundo palo.
La pelota pasó rozando. Todo Wembley se puso de pie para aplaudirlo y
él cuenta que, cuando volvió a Argentina, su hermano le dijo: “Tendrías
que haber regateado al arquero.”
Le dio tiempo de acordarse del hermano.
Me dice: “Cuando me enfrenté a Shilton me acordé de mi hermano.” O
sea, fíjate la cantidad de ideas aprovechadas y desechadas que pasan por
la cabeza de un genio del fútbol, de uno de esos tipos que nacen una
vez cada veinte años.
Y eso se conecta muy bien con la siguiente pregunta. Has sido
y has estado cerca de muchísimos atletas de élite, incluido Diego
Armando Maradona. ¿Qué hace verdaderamente distinto a un atleta de alta
competencia? Más allá del talento, ¿qué rasgo psicológico único separa a
los que llegan a la élite? No necesariamente hablo de los genios, sino
de aquellos que llegan –como llegaste tú y los futbolistas que están en
activo– a la élite de la alta competencia.
Si tuviera que empezar por algún lado diría que la resistencia a la
frustración, porque en el camino hay muchas oportunidades para dejar de
intentarlo. Hay tipos que son mejores que tú, a los que reconoces como
mejores que tú y, sin embargo, te propones vencerlos. Hay entrenadores a
los que no les caes bien, que te marginan y tienes que superar esa
situación. Hay lesiones inoportunas, absolutamente inoportunas, y hay
que pasar por encima de las lesiones inoportunas. Por ejemplo, mi primer
Mundial fue en el 82. Yo estaba en el Zaragoza, se me presentaba una
oportunidad gloriosa para dar el salto definitivo al primer nivel –por
ejemplo, llegar al Real Madrid– y estaba en el mejor momento de mi
carrera. En lo futbolístico y en lo físico, me sentía poderoso. Fui
titular en el segundo partido –en el primero, había sido suplente–.
Entré, hice las cosas bien, me gané la titularidad en el segundo partido
y me lesioné a los dos minutos. Me lesioné para todo el Mundial. En ese
momento yo no sabía que iba a ser campeón cuatro años más tarde, en el
86. Lo que sabía es que estaba perdiendo la oportunidad de mi vida. Y
bueno, desde muy pequeño, la gimnasia me hizo entender que la
resistencia a la frustración es la primera virtud que hay que tener para
seguir adelante.
Alguna vez leí o escuché que tú no te dejabas ganar ni por
tus hijos en un partidito familiar. ¿Existe en el atleta de élite una
especie de hambre permanente por competir, incluso cuando no hay nada en
juego? ¿Incluso cuando los que están enfrente son los amigos o los
hijos?
La respuesta es sí. Mis hijos ya son mayores y todavía no han sabido
perdonarme mi personalidad. Ni modo. Creo que es una especie de
enfermedad, un rasgo que te tiene que acompañar a lo largo de tu
carrera, porque estás compitiendo cada tres días al máximo nivel y
frente a tipos que tienen las mismas aspiraciones que tú. En esto, ser
competitivo es primordial. Para ser futbolista hay que nacer con una
ventaja genética, luego hay que ir mejorando con el entrenamiento, luego
meterle mucho sueño, mucha pasión, a la carrera –para no llamarle
sacrificio a todos los problemas que uno se va encontrando– y finalmente
sobrevivir al máximo nivel. Y para eso hace falta un rasgo de
competitividad muy fuerte. Es más, voy a hacer un elogio al ego: hay que
tener un poco de ego. El futbolista desafía a un público, tiene algo de
artista, y tener un ego importante te ayuda a desafiar a un público.
Hay jugadores que tienen muy mala fama por su ego. De Cristiano Ronaldo
se ha dicho muchas veces que tiene un ego descomunal, pero es el ego más
rentable de la historia del fútbol porque lo ha puesto al servicio de
la superación personal toda su vida. A los 41 años está poniéndose
todavía metas, como la de llegar a los mil goles, que le ayudan todos
los días a hacer una vida de atleta de altísimo nivel. En un momento en
que le sale el dinero por las orejas y no necesita ni un gramo más de
popularidad, sigue teniendo la aspiración de ser casi un superhéroe.
Hace algunos años, antes de su época de influencer, busqué a
Javier el Chicharito Hernández para preguntarle cómo manejaba él la
presión. Recuerdo que me dijo: “La mejor manera de manejar la presión es
disfrutándola.” Para el resto de los mortales parece imposible
disfrutar la presión que implica alinear en un partido del Mundial o
tener en las manos un penal decisivo, que si fallas te puede marcar para
toda la vida (Alberto García Aspe, que falló un penal en el 94, dice:
me moriré cargando ese error). ¿Crees que el atleta en el fondo siente
placer en la presión?
No. Bauticé como “miedo escénico” a aquello que caracteriza a alguien
que desafía a un público. El concepto lo aprendí de García Márquez, que
consideraba una tortura dar un discurso en público. Yo apliqué la frase
al fútbol: la afición impone mucho, sobre todo en un medio, como el del
fútbol, en donde las emociones ocupan todo el escenario. No le pidas a
uno solo de los cincuenta mil asistentes a un estadio que piense. Ellos
solo sienten y, desde el sentimiento, o te aplauden o te insultan,
porque tienen derecho al insulto. Yo hago entrevistas, llevo cerca de
cien, a jugadores del máximo nivel y me he encontrado en las últimas
diez o quince con un hecho común: todos hacen terapia. Creo que tiene
que ver con su relación con las redes, pero también con la gente. Mirado
en perspectiva, yo hubiera necesitado hacer terapia. No puede ser que
haya jugado la final de la Copa del Mundo, el partido más importante de
mi vida, sin haber dormido ni un segundo la noche anterior. Hay algo que
todavía no manejaba y ya tenía treinta años. A los seis meses me retiré
del fútbol.
Pero ¿de verdad existe una terapia que te hubiera permitido
decir: “bueno, me voy a dormir, porque mañana jugamos contra Alemania
por el campeonato”, y dormir ocho horas? ¿Crees que hay una terapia?
Sí. Hay especialistas que te facilitan un poco el camino, que te
permiten fluir. Suceden cosas con los jugadores que son muy difíciles de
entender. Hace no mucho, Araújo [defensa del F. C. Barcelona] tuvo que
dejar el fútbol durante algún tiempo. Se fue a Israel para fortalecerse
espiritualmente, porque no encontraba fuerzas para seguir. Le ocurrió
también a Iniesta [centrocampista de la selección española hasta 2024],
jugador absolutamente glorioso, que metió un gol en una final de la Copa
del Mundo. Es decir, ninguno de ellos tenía razones objetivas para no
vivir con felicidad. Y sin embargo, cualquiera puede levantarse un día
con una sensación de vacío que no sabe de dónde viene. Para eso están
los profesionales: para sacarte de ahí.
Has hablado muchas veces del talento y del genio. Hace poco,
en una entrevista con Messi, le dijiste que era un genio. Me queda claro
que, en el deporte y en la vida en general, hay gente tocada por Dios.
Te pregunto: ¿hay gente tocada por Dios y punto? ¿O el genio se puede
construir?
Si el genio nace: Messi. Si el genio se hace: Cristiano Ronaldo.
Cristiano es un genio a su manera, un genio trabajado. Genio que se
propuso ser genio. En cambio, Messi nació con todo puesto. En aquella
entrevista le dije: “Lo tuyo empezó el día en que un espermatozoide se
encontró con un óvulo.” Él me dijo: “Sí, sé que Dios intervino”, porque
Messi es muy creyente, pero que suceda esa coincidencia astral entre el
espermatozoide justo y el óvulo justo es tan difícil como ganar diez
loterías.
Ahí es cuando uno empieza a pensar que Dios, en efecto, es
argentino, porque les favoreció con dos concepciones de esa naturaleza
en los últimos cincuenta años.
Lo que me extraña es que te permitas dudarlo.
Hablando de genios, hay otro tipo de genio que, en el futbol,
importa tanto como el genio técnico. Es el genio del liderazgo.
Maradona, así lo has platicado, era un genio doble: con la pelota y con
el don de mando e inspiración. Háblame de las virtudes de esos genios del liderazgo en la cancha.
Bueno, en el caso de Maradona era un genio técnico: había que darle
la pelota porque era indiscutiblemente el mejor y tenía una especie de
poder que era imposible no ver. Mostraba un manejo absoluto del
espectáculo entero y era capaz de saber cómo movilizar a la gente, no
solamente cómo movilizar a su equipo. Además hablamos de gente de
intuición superior. Recuerdo que, antes de salir a jugar la final de la
Copa del Mundo, estábamos todos asustados. De pronto Diego empieza a
decir: “¡Tota –Tota era su madre–, Tota, vení, ayudame, que estoy muerto
de miedo! ¡Te necesito, Tota!” Con el tiempo deduje que fue una manera
de decirles a los demás: “¡Hasta yo, que soy Maradona, tengo miedo!”
Creo que escuchar aquello de Diego fue curativo para los demás. Le
salió, como su fútbol, del instinto, entendiendo el instinto como la
velocidad punta de la inteligencia. Hay gente que dice: “¿Cómo va a
haber un genio futbolístico? ¿Qué es eso?” Pero eso ya está definido:
existe la inteligencia musical, la oral, la física y la de Diego era,
sin discusión, una inteligencia futbolística absolutamente superior.
¿Era un hombre feliz?
Dentro del campo, inmensamente feliz. Solo por eso, la vida le
mereció la pena: por haber reinado en un campo de cien por sesenta.
Fuera de la cancha, ya sabemos: una personalidad adictiva que lo hizo
sufrir muchísimo, hasta el punto de abandonarnos siendo muy joven.
¿Crees que podría haber habido una manera de ayudarlo a sobrevivir a sus demonios?
Muy difícil. Muy difícil influir en gente que, desde los quince años,
ha vivido fuera de la realidad. Cuando el mundo entero te dice dios –y
el mundo adulto te trata como si fueras dios– no es fácil contradecirlo.
Al final te sientes dios. Tú podías influir en Diego un ratito, pero
era muy complicado influir en él más allá de un día.
Lo que dices me lleva a pensar en los jóvenes, nuestros
jóvenes genios. Los futbolistas se convierten en celebridades globales
siendo casi adolescentes. Le pasó a Maradona, pero creo que ahora es más
frecuente. Pienso en Lamine Yamal, una superestrella mundial desde muy
joven. Hace poco dijo que últimamente le había costado encontrar la
felicidad. Pudo haber dicho otra cosa, pero se refirió a la felicidad.
¿Te preocupa el efecto que tiene la fama tan temprana –las redes
sociales, las cámaras, las marcas, los teléfonos celulares– en la vida
de un jugador y en la estabilidad de su sistema nervioso?
Claro que te tiene que preocupar. Hay que decir que, desde mi época
hasta hoy, el fútbol ha cambiado muchísimo. Han ocurrido muchas cosas en
el camino: el fútbol se convirtió en un gran negocio, se convirtió en
un gran contenido televisivo. Hoy es cultura como ya son cultura la
gastronomía y la moda. De manera que el estatus del fútbol ha cambiado y
ha cambiado también el estatus del futbolista. Hoy el futbolista es un
modelo publicitario y un modelo social. Les pedimos a los futbolistas
que eduquen a los niños y no están dotados para eso. Quizás estamos
pidiendo demasiado al poner sobre la espalda de un chico de dieciocho
años una expectativa que no tiene fuerza para sostener. Por eso insisto
en que no me parece mal que la terapia ayude a estos chicos a entender
dónde están y cuál es su obligación ante la sociedad. Porque no puede
tratarse de una obligación que supere sus capacidades. Eso sí que no te
ayuda a ser feliz.
Como sabes, Albert Camus decía que todo lo que necesitaba
saber sobre la condición humana –incluso sobre el ámbito moral de la
condición humana, o al menos así lo interpreto–, lo había aprendido
dentro de una cancha de futbol. Después de toda una vida en este juego,
¿qué dirías que te ha enseñado el futbol sobre quiénes somos los seres
humanos?
Que somos gente contradictoria, gente cambiante, que no hay dos
personas iguales. Lo que sí hace el fútbol es desnudar la personalidad
de la gente. Es decir: no me extraña esto que dijo Camus sobre lo que el
fútbol le había aportado. Cuando uno se mete en un campo conoce muy a
fondo a las personas. Ahí están el generoso, el cobarde, el valiente, el
melancólico. Está representada toda la sociedad dentro del vestidor y
en el campo todo eso aflora de una manera muy natural. Debido al miedo
que te produce la gente, entre otras cosas, uno se termina expresando
tal cual es. El fútbol te enseña que somos diversos, que somos muy
distintos y que conviene que seamos generosos a la hora de interpretar a
los seres humanos. En cada uno de nosotros convive un tipo que es muy
bueno y otro que es muy malo. Hay que contener al malo y tratar de
agitar al bueno. A ver quién puede.
Quiero terminar con esta pregunta: sin pasiones ni prejuicios albicelestes, ¿quién va a ganar la Copa del Mundo?
No descarto a Argentina, aunque ganar dos veces seguidas es muy
difícil. Para ganar un Mundial se tienen que alinear los astros. Tienen
que ocurrir muchas cosas relacionadas con las virtudes y el mérito, pero
además tiene que ayudarte la suerte de la que se habla muy poco en el
fútbol y que tiene una influencia muchas veces muy grande. Si es por
mérito: Francia, que fue campeón hace dos mundiales y subcampeón en el
último Mundial y que va a llegar al campeonato con Mbappé en su
plenitud. España, porque le sobran centrocampistas y me parece que, en
el Mundial, los centrocampistas van a ser críticos porque se va a jugar
con mucho calor y jugadores como Pedri, que son capaces de descansar con
la pelota, van a ayudar a que un equipo sea más competitivo. Y luego
las selecciones clásicas con las que uno siempre tiene que contar,
aunque no sepamos muy bien por qué. Seguimos diciendo Alemania, porque
es Alemania; Brasil, porque es Brasil, a pesar de que ya no tiene
mediocampistas como los que tenía antes. Es muy difícil romper el statu
quo. Hay ocho selecciones que fueron campeonas del mundo y es muy
difícil romper esa tela, que parece muy fina pero que es muy gruesa. ~
Fuente: https://letraslibres.com
Por: León Krauze (Ciudad de México, 1975) es escritor y periodista.
MÁS INFORMACIÓN
MÁS CITAS