En un pasaje feliz de La república mundial de las letras (2001),
Pascale Casanova compara las trayectorias meteóricas del crítico
literario danés Georg Brandes (1842-1927) con la del poeta nicaragüense
Rubén Darío (1867-1916), quienes venían de la periferia y dieron a
conocer “literaturas menores” en las metrópolis, traficando libros e
ideas como esgrimistas de lo moderno a lo largo de “los mundos del
mundo”.
Las diferencias, empero, han de tomarse en cuenta. Brandes prefería
el alemán para darse a conocer, aunque su inglés, su francés y su
italiano eran más que fluidos, siendo insignificante la porción danesa
de su obra. Al contrario, Darío se mueve por una lengua ya entonces muy
extendida y esa errancia suya no es otra cosa que su vida misma, como lo
señalan Rocío Oviedo Pérez de Tudela y Julio Vélez-Sainz en su
biografía Rubén Darío. La vida errante.
Asombra la facilidad con que Darío se mueve de su Nicaragua natal a
San Salvador y de allí a la Ciudad de Guatemala, San José de Costa Rica,
Santiago de Chile (donde se educa con Pedro Balmaceda Toro, hijo del
presidente suicida y ausencia que causa intriga en Los raros) y
el puerto de Valparaíso; alguna vez La Habana, junto a Palma de
Mallorca, refugio predilecto, sin olvidar las escapadas a Italia donde
sufre del síndrome de Stendhal; las idas y vueltas a Madrid y a Buenos
Aires (la caída, propiciada por los Estados Unidos, del presidente José
Madriz Rodríguez, su protector, en agosto de 1910, obligó al porfiriato,
vía Justo Sierra, a cancelar su invitación a las fiestas del Centenario
en la Ciudad de México) no parecen distintas a la vida de aeropuertos
de los escritores contemporáneos.
Cumple Darío a cabalidad con la conquista de París en 1900, en la
medida en que los latinoamericanos podían llevarla a cabo, siempre más
lejos de lo que quisieran de la alta sociedad literaria francesa, pues
ni al cronista Enrique Gómez Carrillo (1873-1927), cadenero de esa
fiesta y meteco por antonomasia, le es dado acercarse a escritores de
genuina importancia, salvo algunos menores, como Jean Moréas, un
simbolista disidente de origen griego. No falta tampoco Nueva York en el
itinerario de Darío. Si Brandes es políglota, a Darío le basta y le
sobra con dominar el francés, lengua franca durante la Bella Época.
Brandes, tristemente, solo es recordado por un detalle ejemplar:
haber sido el primero en popularizar a Friedrich Nietzsche mientras
Darío, en cambio, fue el inventor y organizador de nuestro modernismo,
que, mal recibido en España (excepción hecha de Juan Ramón Jiménez),
acaba por sentar –como lo soñaba Alfonso Reyes– a toda una literatura,
la hispanoamericana, en el llamado banquete de la civilización.
No es fácil hablar de Darío en nuestro siglo porque (y él tenía
conciencia de ello al concebirse a la vez “muy antiguo y muy moderno”) a
su poesía –antesala más que negación de las vanguardias– no hay que
leerla como un aparatoso hecho consumado sino con el detenimiento
exigido por un clásico fundador. Y su vasta obra en prosa –cuentos
fantásticos y crónicas sobre todo lo humano y lo divino– está pobre o
malamente editada, a veces fechada –no había tema que pudiera evitar
como redactor más necesitado que codicioso– o solo olvidada.
Ante una biografía de Darío, sin duda la mejor documentada hasta la
fecha, como la que presentan este par de académicos españoles, la
tentación de conformarse con los ensayos magistrales que sobre Darío se
han escrito, desde Manuel Ugarte (Escritores iberoamericanos de 1900, 1942) hasta Octavio Paz (“El caracol y la sirena” en Cuadrivio,
1965), pasando por Enrique Anderson Imbert, Blas Matamoro y José Emilio
Pacheco, es enorme. Tal pareciese que la vida de Darío, prosopopéyica y
bolivariana, estorba como si bastara con decir que ningún poeta vino de
tan lejos y logró tanto.
En esa perspectiva, la de situar a Darío como poeta de transición
–todos los hombres lo somos, solía anteponer Pacheco a la frase–, los
biógrafos hacen su trabajo: Darío es hijo aún del romanticismo y su Dios
Padre es Victor Hugo. Contra lo que se cree, los poetas del Parnaso y
del simbolismo no fueron leídos, directamente, en América Latina, hasta
los primeros años del XX, y gracias en buena medida a Los raros (la
segunda edición ampliada es de 1905), de Darío, galería plena en
autores actualmente desconocidos y donde están el Conde de Lautréamont y
Paul Verlaine, pero no Charles Baudelaire (aunque Darío lo alude en
ciertos versos en otros libros) ni Arthur Rimbaud, quien al parecer se
le pasó al vate nicaragüense. No desaparece, como jefe espiritual, el
padre Hugo (“Genio sobrehumano y sublime… quien ha de sucederte será
enviado por Dios”)3 hasta que fue sustituido por Émile Zola, movimiento que Darío –dreyfusard como es obvio– detecta con su habitual avidez y tino, con los cuadros de Henry de Groux como fondo.
Romántico, parnasiano y simbolista, bien hace Darío en apropiarse del
modernismo como una síntesis propia del ecléctico latinoamericano, muy
diestro a la hora de saltar sobre la cuerda floja en diferentes usos
horarios. No creo que tengan razón Oviedo Pérez de Tudela y Vélez-Sainz
cuando dicen que el modernismo es “un romanticismo pasado por el tamiz
del positivismo” como tampoco la tuvo Paz, después de Cuadrivio,
en abandonar la cuestión en que el modernismo fue nuestro romanticismo,
lo cual crea más problemas de los que soluciona. Se necesita una noción
demasiado ancha de lo romántico para hacerlo pasar por las antípodas
del espíritu positivo y en cuanto a Paz, ¿qué hacer entonces con
nuestros románticos de pacotilla? ¿O debemos apuntalar a ese “modernismo
romántico” sobre un sólido suelo clásico donde estarían fray Servando
Teresa de Mier, Domingo Faustino Sarmiento y Euclides da Cunha? No lo
sé.
Aunque francmasón iniciado el 24 de enero de 1908 en su natal Nicaragua y no desde Azul… (1888), cuyo título tendría connotaciones masónicas según algunos críticos, los autores de Rubén Darío. La vida errante aciertan
en definir a Darío. Fue católico, pero estuvo lejos de ser un poeta
católico, siendo bíblico, pagano, hispanista (su amor por España y su
poesía, pese al mal humor de Miguel de Unamuno, nunca dejó de ser
ardiente y los peninsulares terminaron por rendirse ante el modernismo),
arielista y ante todo afrancesado, fascinado por el ocultismo –queda
reparada la queja de Paz en Cuadrivio de la indiferencia de la
academia ante esa influencia insoslayable en el modernismo– habiendo
querido morir con el hábito de monje cartujo, como lo muestra el cuadro
de Daniel Vázquez Díaz (1914) y un retrato posterior de Pilar Montaner
Maturana… Un cartujo versado en Papus y Sâr Péladan.
Esa ansiedad de reconciliación post mortem fue el resultado
de una vida, como la de su inspirador Verlaine –su amigo, el bohemio
español Alejandro Sawa, le confío a Darío los supuestos secretos del
poeta francés–, colapsada por el alcoholismo. Hay que ver las piruetas
para negarlo (José María Vargas Vila, uno de sus primeros biógrafos) o
para admitirlo sin taxativas (Gómez Carrillo, su amigo/enemigo gracias
al tópico del abrigo prestado al artista desamparado). Su
vida fue en alto grado pecaminosa para quien logró regresar
milagrosamente a casa en 1915, para morir meses después. A su vez, en
cuanto a “pecados”, Oviedo Pérez de Tudela y Vélez-Sainz descartan la
pretendida relación homosexual de Darío con el poeta nayarita Amado
Nervo, basada, dicen, en poemas apócrifos. Sergio Ramírez lo ratifica.
Menos comprensible que el eclecticismo de fin de siglo, basado en
cómo sobrevivir y con qué sucedáneos, herramientas o muletillas a “la
muerte de Dios”, es la política de Darío. A esa politiquería, mezcla de
ambición pecuniaria y hasta mercenaria e idealismo adolescente pleno en
buenas intenciones y hasta en eficacia diplomática, Paul Valéry no la
hubiera considerado merecedora de la mayúscula con que comienza la
expresión “Política del espíritu”.
Pero la América Latina de 1900 sorprende gratamente por sus numerosas
y pequeñas, uno creería que insignificantes, ciudades letradas (para
usar la redundante calificación de Ángel Rama) y por la magnificencia de
dictadores y presidentes en connubio o en combate con poetas ansiosos
de mantenerse gracias a la diplomacia, y no necesariamente en Europa.
En aquel tiempo, el estipendio diplomático y el envío de crónicas
bien pagadas desde Europa a los periódicos de Buenos Aires o de la
Ciudad de México eran la única manera digna de sobrevivir al alcance de
los poetas, aunque debe decirse que en algo valían los adelantos
editoriales. Agréguese que los poemarios de Darío, en el culmen de su
fama, con El canto errante (1907), alcanzó a tirar 4,000 ejemplares, cifra muy apetecible para los poetas de hoy.
El anarquismo –el terrorista inclusive– era moneda corriente en 1900 y entre Los raros de
Darío está el libelista Laurent Tailhade, su amigo, quien,
propagandista de la Idea, fue víctima casual de un atentado. Quedó
tuerto pero la truculenta ironía no impidió que Tailhade siguiese
profesando de anarquista. Nada de revolucionario había en Darío –en
cualquiera de los sentidos, aun el estético, dijo Paz– ni tampoco de
demócrata. Un día podían indignarse esos poetas contra tiranos como el
guatemalteco Manuel Estrada Cabrera y recetarles lapidarias odas
libertarias hasta que hubiese necesidad de dar marcha atrás, suplicando
un favor en palacio; importaban valores más etéreos, por irrealizables,
como la unión centroamericana (México es una oscura molestia para Darío)
y ante ello había que definirse ante los Estados Unidos, aunque fuera
de manera veleidosa y coyuntural, como lo hizo nuestro poeta al menos
dos veces.
Entonces, como lo sigue siendo hoy, era en extremo ambigua la actitud
de la opinión latinoamericana ante el gran y abusivo y admirable vecino
del norte. Se pasaba del conflicto de Ariel y Calibán que tornaba
incompatibles –para decirlo a secas– catolicismo y protestantismo,
germen de nuestro antimperialismo durante el siglo pasado, a tomar
prestada la credencial panamericana, cuando los Estados Unidos actuaban
acorde con los intereses de tal o cual país.
Lo mismo escribió Darío versos a favor y en contra del águila
imperial. “A Roosevelt”, en contra en 1905 y a favor en 1907 la
“Salutación del águila”, dos años después. Y sus descripciones de Nueva
York, que visitó hasta cinco veces, la última en misión pacifista en
1914-1915, cuando leyó “Pax” en la Universidad de Columbia, revelan
horror ante la ciudad Babilonia, a la que encuentra llena de miseria
mecanizada por el afán crematístico de “millones de circuncisos”. Desde
el temprano siglo XIX esa imagen de los Estados Unidos se expandió
entre los intelectuales latinoamericanos, prejuicio ya casi inmemorial:
un Darío no habría podido explicarse cómo y por qué Nueva York o
Baltimore eran esas alcancías mecánicas al mismo tiempo que la industria
que forjó a sus amados Walt Whitman y Edgar Allan Poe.
Si Azul… es el portaestandarte del modernismo, aunque se
toma en cuenta su naturaleza miscelánea (cuentos, crónicas y poemas),
escasamente se recuerda que esas –hoy se diría– “hibridación” y fluidez,
tan presumidas como propias del siglo XXI, están en el origen de la
revolución modernista, que no es empero todavía “una simbolización
emocional de los colores” a la Rimbaud, como lo decía el crítico chileno
Raúl Silva Castro, a quien los autores de Rubén Darío. La vida errante citan.
En Darío lo moderno se insinúa en medio de bisutería romántica y
elevado patriotismo (fastidioso por grandote). “Agencia”, que forma
parte de El canto errante, más que “una versificación de La decadencia de Occidente” podría ser un recorte injertado por Ezra Pound en sus Cantares. Versos enteros del Canto a la Argentina y otros poemas (1914) ya son borradores del Canto general (1950),
de Pablo Neruda: “La Fama / a todos los ilustres proclama, / sus hechos
ínclitos nombra, / constela con ellos la sombra / y forma un halo en el
azur, / a la dantesca cruz del Sur.”
Paul Groussac, el bibliotecario bonaerense de origen francés y
antecesor de Jorge Luis Borges, reprende a Darío en el tenor de “Su Azul… de usted no es del todo azul; sus Prosas no son prosas; y sus Raros tampoco
son raros. No, Rubén, no lo son, o por lo menos no lo son en Europa en
este año de 1898. ¿Leconte de Lisle raro? ¿Max Nordau raro? Casi tanto
como Zola y Dumas”.
Más que una arremetida conservadora, la de Groussac es la oferta de
un pasaporte ofrecido a un moderno cabal: América Latina no puede ser ni
absolutamente original ni tampoco una imitación servil de Europa. Si Los raros es un falso anecdotario y un manifiesto falaz, y Prosas profanas (donde está mi poema preferido: el “Coloquio de los centauros”: “Yo comprendo el secreto de la bestia”) no son ni lo uno ni lo otro, Darío aparece, a los ojos de Groussac y de Juan Valera, como un descollante contemporáneo.
Pero su modernismo ocurre al mismo tiempo que la generación del 98,
en un momento de honda depresión de lo español en Occidente, que empieza
mucho atrás, con la derrota de la Armada Invencible en 1588, como diría
Fernando Savater. Pese al Barroco, el siglo XVIII es “el menos español
de los siglos” (José Ortega y Gasset) y con los Borbones reinando más
acá de los Pirineos, el romanticismo peninsular, aún después de la
desintegración del imperio en América, es un desastre. No se diga del
latinoamericano.
En 1900, a los noventayochistas todo les parece mal, al grado de que
Unamuno no encuentra mayor consuelo que exigir la “africanización”,
reconociéndose fracasados los peninsulares en su europeísmo y estando
vigente, enfadoso, el optimismo exageradamente adánico que venía de
América Latina. Lo escrito en ambas orillas es despreciado en París, en
Londres y en Nueva York, puesto que a las letras en castellano las ha
arrastrado la pérdida histórica de casi todo poder mundial para lo
hispánico. La recuperación plena, que no se dará, a los ojos
anglofranceses, en gloria y majestad hasta Cien años de soledad (1967), comienza con Darío el moderno y ello nunca debemos olvidarlo.
Dicen bien los autores de Rubén Darío. La vida errante que “con Cantos de vida y esperanza,
el triunfo ‘definitivo’ de Darío y del modernismo en España, terminó
prácticamente la colaboración y el intercambio de favores entre ambos”, es
decir, entre los americanos y el generoso Jiménez, a quien Darío no
volverá a ver. Esa normalización permitirá el florecer de la vanguardia
en ambas orillas –el joven Jorge Luis Borges encontrando a Rafael
Cansinos-Assens en 1920 y lo que ese encuentro desencadenó– y el péndulo
de Darío se moverá con la generación del 27 hacia Federico García
Lorca. El periplo del “teósofo” nicaragüense había hecho renacer la
Atlántida: se podía llegar caminando, con ánimo de peregrino y sin
mojarse, desde México o la Argentina, a España.
Rubén Darío. La vida errante, de Rocío Oviedo Pérez de
Tudela y Julio Vélez-Sainz, es un alto en el camino. Una biografía
académica correcta y eficaz, aunque ayuna de imaginación histórica (no
todos los biógrafos están obligados a desplegar la pintura infamante) y
afeada, sin gracejo estilístico, por ser evidente que la redactaron dos o
tres manos. Hay, debo decirlo, una cita bochornosa y cutre, a cuenta de
los editores, en las páginas 274 y 275: se cita a Pierre Bourdieu, en
el cuerpo del texto, ¡en inglés! ¿Acaso los profesores españoles ya no
leen francés o sus editores creen facilitarle la tarea al lector
ofreciéndoles a monsieur Bourdieu en la actual lengua franca?
Quizás quien mejor comprendió a Darío, en su momento, fue Juan Valera
(1824-1905). Nunca hubo, como actualmente se especula en los
departamentos de español de las universidades estadounidenses, una
“estrategia” diseñada a sangre fría por unos modernistas visionando “el
campo literario” de Bourdieu, precisamente, para “orientalizarse” o
“afrancesarse”. Solo los necios (y no son pocos hoy día) no corren a
“mentalizarse” en las formas y matices de la gran literatura de su
tiempo y esta era entonces sin duda la francesa, pues buscan,
arremedando a François Coppée, ¿a quién imitar para ser originales?
Ocurrió lo que dijo don Juan y con él me despido: “Usted es usted:
con gran fondo de originalidad y de originalidad muy extraña. Si su
libro, impreso en Valparaíso, en este año de 1888, no estuviese en muy
buen castellano, lo mismo podría ser de un autor francés, que de un
italiano, que de un turco o de un griego. El libro está impregnado de
espíritu cosmopolita. Hasta el nombre y el apellido del autor,
verdaderos o contrahechos y fingidos, hacen que el cosmopolitismo
resalte más. Rubén es judaico y persa es Darío: de suerte que por los
nombres no parece sino que usted quiere ser o es de todos los países,
castas y tribus.”~
Fuente: https://letraslibres.com
Por: Christopher Domínguez Michael es crítico y consejero literario de Letras Libres. En 2024 se reeditó su Tiros en el concierto. Literatura mexicana del siglo V en Grano de Sal.
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