La revolución de 1688, más conocida como revolución gloriosa, supuso el
triunfo definitivo del parlamentarismo en Inglaterra. Trajo también el
fin de la casa Estuardo, aunque en este caso con algunos años de
retraso. Este acontecimiento no fue algo ni repentino, ni aislado, sino
la culminación de un proceso que había dado comienzo casi un siglo
antes. Durante ese tiempo proliferaron las tensiones entre la Corona y
el parlamento, unas tensiones que dejaron un reguero de guerras civiles y
la ejecución de Carlos I en 1649. El detonante final se produjo durante
el reinado de Jacobo II, que ascendió al trono en 1685. Su abierto
catolicismo y su uso de la "facultad de dispensa" para ignorar al
parlamento despertaron el temor a que implantase en Inglaterra una
monarquía absoluta similar a la de Luis XIV en Francia.
La desconfianza se transformó en crisis en 1688 por dos hechos: el
juicio a siete obispos anglicanos que se opusieron al rey y,
especialmente, el nacimiento de un heredero varón que sería criado como
católico. Esto eliminaba la esperanza de una sucesión protestante a
través de su hija María. Ante la amenaza de que se revirtiese la reforma
anglicana, un grupo de parlamentarios que se dieron en llamar a sí
mismos los "Siete Inmortales" invitaron a Guillermo de Orange, estatúder
de los Países Bajos y esposo de María, a intervenir militarmente para
proteger las libertades inglesas.
Guillermo organizó una gran expedición financiada por el banquero
sefardí Francisco Lopes Suasso. En noviembre de 1688 desembarcó en
Torbay con más de 15.000 hombres. La resistencia de Jacobo II se vino
abajo rápidamente debido a las deserciones en su ejército y su propio
colapso personal. Tras arrojar el Sello Real al Támesis y huir a
Francia, el Parlamento declaró el trono vacante por una abdicación
tácita.
En 1689 el parlamento ofreció la corona a Guillermo y María, pero
con una condición sine qua non: la aceptación de la Declaración de
Derechos o Bill of Rights. Este documento restringía mucho el poder
real. Entre otras cosas prohibía al monarca suspender leyes y recaudar
impuestos sin permiso parlamentario. Se materializó así el "contrato
social" preconizado por John Locke, mediante el cual la legitimidad del
soberano emana de un pacto con sus súbditos y no del derecho divino.
La estabilidad del nuevo régimen se reforzó con el Acta de
Establecimiento de 1701, que excluía a perpetuidad a los católicos del
trono. Esto permitió que, tras la muerte sin herederos de la reina Ana
en 1714, la corona pasara de los Estuardo a la Casa de Hannover en la
persona de Jorge I. Aunque Jacobo II intentó recuperar el trono con
apoyo francés, su derrota en la batalla del Boyne en Irlanda selló su
destino.
A diferencia de la Revolución Francesa, la Gloriosa fue un cambio de
régimen relativamente incruento y conservador en sus formas, ya que no
pretendía alumbrar un mundo nuevo, sino preservar las leyes
tradicionales. Pero sus consecuencias fueron radicales. La estabilidad
que otorgó a Gran Bretaña permitió su expansión imperial y la revolución
industrial. El modelo de supremacía parlamentaria que quedó establecido
entonces ha perdurado hasta el momento presente e influyó mucho en
todas las revoluciones que vinieron después.
Fuente: La ContraHistoria
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