Todas las guerras son un problema. Todas las guerras tienen un
inicio, algunas veces eufórico, que influye en el espíritu nacional y
que durante un tiempo parece justificarlo todo. La emoción, la unidad,
la épica, la idea de una causa superior está justificada bajo esa causa u
objetivo aparentemente común. Pero normalmente, conforme se empieza a
pagar el precio de la guerra en forma de muertos, problemas,
dificultades económicas, miedo y pura supervivencia, la guerra se vuelve
un lastre que todo gobierno, incluso cuando la termina ganando, acaba
pagando.
La guerra de Israel contra Irán, con el respaldo decisivo de Estados
Unidos, es una guerra santa. No necesariamente en el sentido teológico
más puro para todos sus actores, pero sí en el sentido más profundo y
peligroso: el de una guerra alimentada por convicciones absolutas, por
agravios históricos, por memorias de humillación y por la imposibilidad
moral de aceptar al otro como un adversario con el que simplemente se
negocia.
Es una guerra santa para los iraníes, por su condición de república
islámica y de gobierno de los ayatolás. Lo es también para Israel
porque, después de todos estos años sobreviviendo –cosa que hubiera sido
imposible sin el apoyo permanente y perpetuo de Estados Unidos a la
consolidación del Estado de Israel–, después de la matanza del 7 de
octubre de 2023 a cargo de Hamás, Israel decidió que ya había ocupado
demasiado tiempo el lugar de la víctima y que no pondría nunca más los
muertos desde la resignación histórica. Ese ataque, perpetrado por
Hamás, se convirtió en un punto de quiebre político, militar y
psicológico para el Estado israelí.
Más allá del ojo por ojo, más allá de lo que sería una respuesta
ponderada, es como si de golpe todos los años de antisemitismo, de
persecución, de luchas, de amenazas permanentes y de conflictos
acumulados hubieran llegado a un punto final. Como si, de repente, la
convicción dominante en Israel fuera que esa historia no podía
prolongarse más y que el tiempo de la contención había terminado. Esa es
la atmósfera moral del conflicto, y sin entenderla no se entiende nada
de lo que está pasando.
Lo de menos fue la respuesta sobre Gaza y Hamás, no porque carezca de
importancia –la tiene y es inmensa–, sino porque eso no fue la gota que
derramó el vaso. Han sido muchos años, al menos desde 1982, de
convivencia con un enemigo que no solo tiene odio, sino preparación,
estructura, paciencia, capacidad militar y estándares de eficiencia
operativa muy superiores a los de otros actores armados de la región.
Hezbolá, la milicia chiita creada en el Líbano en 1982 bajo la
influencia de la revolución iraní y con apoyo decisivo de Irán, tomó el
relevo del protagonismo sangriento que en otros momentos habían tenido
la OLP y otros grupos palestinos y acabó convirtiéndose en la principal
amenaza armada no estatal en la frontera norte de Israel.
A partir de ese momento –comenzando por el atentado contra el
barracón de los marines en Beirut en 1983–, Hezbolá no hizo más que
crecer y crecer hasta el punto de convertirse, de hecho, en uno de los
grandes poderes reales del Líbano. Llegó un momento en el que la única
seguridad efectiva que tenía el Estado libanés como Estado no provenía
plenamente de sus instituciones, sino de la capacidad de control
territorial, intimidación, despliegue y fuerza de Hezbolá. Y Hezbolá
nunca hubiera podido existir, mantenerse ni alcanzar ese nivel de
eficiencia sin el soporte decidido de Irán en todos los órdenes:
ideológico, financiero, militar, logístico y estratégico.
Irán, desde el primer día de la revolución, dejó claro que su guerra
no era solo regional, sino también ideológica y civilizatoria. Cuando se
asaltó la embajada estadounidense en Teherán el 4 de noviembre de 1979 y
tomaron como rehenes a más de 50 estadounidenses durante 444 días, el
nuevo régimen le dijo al mundo cuál era su lenguaje político y cuál iba a
ser su relación con Estados Unidos. La liberación de los rehenes
coincidió con la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca, pero la
crisis se incubó y se desarrolló bajo la presidencia de Jimmy Carter.
Es más, la guerra de los iraníes –antes de la consolidación total del
propio Khomeini en el poder– fue, sobre todo, una guerra contra Estados
Unidos y contra todo lo que representaba su influencia en Irán. El
nuevo régimen construyó buena parte de su legitimidad sobre la idea de
que el sha Mohammad Reza Pahleví no habría podido sostenerse sin el
respaldo de Washington y sobre la convicción de que la modernización
autoritaria del antiguo régimen había sido, en realidad, una forma de
sometimiento nacional. Khomeini no llegó al poder simplemente para
cambiar un gobierno; llegó para fundar un régimen definido por la
ruptura con Occidente y por una vocación revolucionaria que nunca fue
solo interna.
Gran parte de la tragedia que hoy seguimos viviendo es atribuible,
para muchos, a la política errática que siguió Jimmy Carter y su
secretario de Estado, Cyrus Vance, en el manejo del final del régimen
del sha. No se trata de reivindicar al sha ni de sostener que debía
haberse mantenido en el poder a cualquier precio. Se trata de entender
que desmontar un régimen sin saber con claridad qué lo sustituiría, y
sin medir la naturaleza del enemigo que venía detrás, abrió la puerta a
una república islámica que hizo de la hostilidad hacia Estados Unidos
una razón de Estado.
Donald Trump fue el único presidente de Estados Unidos que se atrevió
a cambiar la embajada de Tel Aviv a Jerusalén. Con ello se cerraba, al
menos desde la óptica israelí y trumpista, el viejo debate diplomático
de negarle a Jerusalén la centralidad política que Israel le atribuye
como capital del Estado. A partir de ahí, la suerte estaba echada. Cada
vez resultaba más difícil imaginar una retirada completa del compromiso
político de Washington con Israel.
De manera paralela, se fue afianzando otra apuesta: la de los
Acuerdos de Abraham –impulsados por Donald Trump y por Jared Kushner–
para incorporar a varios países árabes a una nueva lógica de relación
con Israel. Lo que durante décadas parecía imposible empezó a adquirir
forma diplomática en 2020 con la normalización entre Israel, Emiratos
Árabes Unidos y Bahréin, a la que después se sumaron otros pasos
regionales. Detrás de ese movimiento estaba una idea estratégica muy
clara: aislar a Irán, normalizar a Israel en el mundo árabe y dejar
siempre en el horizonte a Arabia Saudita como la gran pieza que, de
concretarse plenamente, podría cambiar la arquitectura regional.
Israel no volverá nunca más al equilibrio del terror que significa
convivir con un enemigo cuyo elemento principal es su destrucción. Y
menos todavía cuando ese enemigo, a diferencia de otros gobiernos o
movimientos que lo rodean, ha demostrado un nivel de eficiencia,
eficacia, profesionalidad y capacidad de daño que lo convierte en un
enemigo muy peligroso.
Por parte de Estados Unidos, la capacidad de destruir a Irán existe
en términos militares, pero una cosa es la superioridad de fuego y otra
muy distinta la posibilidad de cerrar una guerra, administrar el día
después y evitar que el caos provocado sea todavía peor. Al final del
día, la decrepitud, la fatiga estratégica y la crisis del imperio
estadounidense alimentan las locuras de los más locos. Si no se
interrumpe a tiempo, Irán podría seguir acercándose a capacidades
nucleares militares que, sumadas a un mundo ya trastornado por Rusia,
China y Corea del Norte, volverían todavía más inestable el equilibrio
global.
Esta es una guerra imposible porque no tiene una salida fácil.
Terminado el bombardeo, supuesta la destrucción parcial de
instalaciones, debilitado incluso el gobierno de los ayatolás, habría
que convivir todavía con un mundo lleno de fanáticos, milicias, redes
ideológicas, aparatos clandestinos y estructuras políticas que han hecho
de la guerra santa y de la destrucción de sus enemigos una manera de
vivir y una razón de existir.
Es muy difícil construir la paz a partir de aquí, y eso lo saben
incluso los enemigos de la guerra. En cualquier caso, en Washington y en
Estados Unidos, la gente ha empezado a tener miedo. Miedo de que lo de
Irán termine convirtiéndose en otro Irak, en otra guerra interminable en
Medio Oriente. Miedo de empezar a perder vidas jóvenes en una guerra
imposible de cerrar. Miedo porque, aunque haya mucho costo, mucha
destrucción y mucho daño, es muy difícil ganarle del todo a un enemigo
que lo primero que pone en la balanza, cuando entra a luchar, es que no
le importa perder la vida.
Por último, el mensaje de Trump sobre el ataque israelí –y la forma
en la que se deslinda de todo conocimiento previo o colaboración– al
campo de gas South Pars introdujo un elemento clave. South Pars-North
Dome no es un objetivo cualquiera; es energía, poder, presión global. Es
el campo de gas más grande del mundo ubicado entre Irán y Qatar.
La respuesta no tardó en hacerse presente: horas después del ataque
israelí, Irán atacó Ras Laffan en Qatar, la que es la planta de gas
licuado más grande del mundo. Estos hechos confirman que el conflicto ha
escalado a un nuevo nivel, se ha adentrado al terreno energético y a
las infraestructuras críticas del Golfo y, con ello, está poniendo en
grave peligro el abastecimiento energético no solo de la región, sino
del mundo entero. ~
Fuente: https://letraslibres.com
Por: Antonio Navalón
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