Este
volumen reúne el núcleo de la filosofía práctica de Epicteto, el
pensador estoico que nació esclavo, cuyas enseñanzas fueron recopiladas
por su discípulo Arriano en dos partes: Manual de vida estoica y Las
Disertaciones. Esta rigurosa edición cuenta con una introducción
histórica de Antonio Gascón Dorado y una cuidada traducción de Paloma
Ortiz García, ofreciendo una guía cumbre para desarrollar resiliencia
mental ante las adversidades del mundo.
EPICTETO
(Hierápolis, c. 50 - Nicópolis, c. 125) Filósofo estoico.
En Roma fue esclavo de Epafrodito, liberto de Nerón, y siguió las
lecciones del estoico Musonio Rufo; una vez emancipado, se dedicó a la
filosofía, en especial a la moral. Con otros filósofos hubo de dejar
Roma por decreto de Domiciano (94). A partir de su enseñanza oral, su discípulo Flavio Arriano de Nicomedia elaboró las Disertaciones de Epicteto, conjunto de lecciones del maestro, y el Enquiridión (traducido como Manual o Manual de vida), colección de máximas.
Epicteto nació el año 50 cerca de Hierápolis de Frigia,
la ciudad de Cibeles, ruidosa de ritos orgiásticos y llena de vapores
sagrados. No se sabe cuándo ni cómo fue llevado esclavo a Roma. También
su nombre resulta incierto; posiblemente debe de ser un mero adjetivo
("apéndice"). Su señor Epafrodito, a quien algunos juzgan el famoso
liberto de Nerón, le desfiguró con fría crueldad. Mientras el
instrumento de tortura iba torciéndole la pierna, Epicteto se limitó a
decir al verdugo: "¡Mira que la romperás!" Y cuando, finalmente, la
pierna llegó a quebrarse, Epicteto añadió sencillamente: "¡Ya te lo
dije!"
Esta narración proviene de Celso, cuyas páginas se hallan reproducidas por Orígenes (Contra Celsum, III, 368); y aun cuando el Léxico
de Suidas no ofrece la misma explicación dramática del defecto de
Epicteto, que atribuye al reuma, no hay otros motivos para rechazar algo
aceptado por autores como Orígenes y los hermanos Cesario y Gregorio Nacianceno.
Indudablemente, Epafrodito no debía de ser un amo generoso; para
librarle de las acusaciones de crueldad resultan insuficientes el
permiso que dio a Epicteto para que pudiera asistir a las lecciones de
Musonio Rufo y, finalmente, la manumisión de su esclavo.
Epicteto citaba algunos rasgos de su antiguo
dueño, que no proponía a la imitación de los discípulos; esto fue toda
su venganza. El filósofo estoico Musonio Rufo ejerció en Epicteto una
impresión indeleble y convirtió al esclavo en un "gran misionero del
estoicismo" (Souilhé), entendido precisamente como forma de vida, y en
un admirable maestro de los jóvenes. La mejor aristocracia romana, con
los nombres más ilustres de la época neroniana, que vivió momentos de
terror, profesó un estoicismo del que hasta cierto punto hizo una moda.
Sin embargo, la tiranía y la filosofía no podían coexistir, y Musonio Rufo se vio desterrado por Nerón;
Epicteto, comprendido en la proscripción senatorial general del 94
dirigida contra filósofos, matemáticos y astrólogos, se estableció en
Nicópolis, en el Epiro, donde poco tiempo después se hizo tan famoso que
atrajo con sus enseñanzas a cuantos viajeros hacían escala allí de paso
para la Magna Grecia, incluido el infatigable periegeta que fue el
emperador Adriano.
Tanto en Nicópolis como en Roma, Epicteto vivió pobre y solo. Simplicio
dice que únicamente para cuidar de un huerfanito adoptado tomó consigo a
una mujer, hacia el final de su vida. Murió entre los años 125 y 130.
Su palabra era tan vigorosa, espontánea y
sincera que ha permanecido viva en las notas redactadas con fidelidad
taquigráfica por un amoroso discípulo, Flavio Arriano de Nicomedia. A él y a su fiel entusiasmo debemos las Disertaciones y el Enquiridión.
Se conservan además algunos fragmentos procedentes de Marco Aurelio,
Aulo Gelio, Arnobio y Stobeo. Sin embargo, el lenguaje rudo, los vivos
parangones y la energía austera son siempre del maestro. Arriano no
quiso presentarse en absoluto como autor y fue sólo un editor perfecto.
Aun cuando Epicteto no resulte nada original en
el ámbito especulativo, sí lo es, en cambio, en su completa
transposición práctica del estoicismo, al cual no pide una vida
tranquila junto a los demás, ni una optimista armonía con las grandes
leyes, inmanentes, con el mismo Dios, en el mundo, sino (y en ello
aparece la profunda huella de su persona humana) la libertad como
conquista ética, liberación religiosa más bien, e independencia absoluta
del alma. En las Disertaciones no alienta el gran estoicismo de Séneca y Posidonio.
Epicteto busca la virtud (libertad y no sabiduría) con una especie de
inflexibilidad y con la fe comunicativa que anima su lenguaje.
Traducidas también a veces como Diatribas o Discursos de Epicteto, las Disertaciones
se componían originariamente de ocho libros de los que sólo nos han
llegado cuatro. En una carta dirigida a Aulo Gelio y puesta al principio
de las Disertaciones, el mismo Flavio Arriano de Nicomedia
afirma que se ha limitado a transcribir fielmente cuanto oyó de labios
del maestro en la escuela por él fundada en Nicópolis, en Epiro. Y que
espera que, aun a través de su estilo desaliñado, se manifieste
claramente la sublimidad de las enseñanzas de Epicteto y la excelsa
misión moral que con ellas se propuso.
Las Disertaciones es una obra de una
importancia fundamental para conocer el tercer período del estoicismo,
llamado romano, que tiene en Epicteto y en Marco Aurelio
sus máximos representantes. El interés del filósofo se dirige sobre
todo a los problemas morales, y, abandonando la tendencia ecléctica en
que el estoicismo había caído, recoge en todo su rigor el concepto de
una voluntad racional que gobierna al mundo y a la que el individuo debe
entera sujeción. De ahí el aire de religiosidad que respira toda la
obra. Es de notar también la influencia que sobre Epicteto han ejercido
las doctrinas cínicas; por lo demás, no sólo en el título, sino también
en la forma, las disertaciones redactadas por Arriano evocan las
"diatribas" cínicas de carácter popular.
Primer concepto fundamental en la construcción
de Epicteto es el de la Providencia divina que gobierna el mundo y que
lo dirige según las leyes de la naturaleza (coincidentes con las de la
razón humana) en el mejor de los modos. Dios, padre de los hombres, lo
ha predispuesto todo para su bien material y moral; si el mal interviene
en la vida humana no es culpa de la Providencia, sino del hombre mismo
que, olvidando su origen sublime y su razón (centella divina que debería
guiarlo en todas sus acciones), se deja seducir por falsas apariencias
del bien y se somete a los vicios y pasiones.
Con tal proceder, el hombre renuncia a su
privilegio, se hunde en la miseria y niega aquella libertad suprema que
Dios ha querido darle sólo a él entre todos los seres del universo. El
hombre es, en efecto, libre, desde el momento que tiene en su poder las
únicas cosas que importan: el uso de su pensamiento, de sus
inclinaciones, de su voluntad, de todo cuanto precisa para preservar por
completo su libertad de una primera cadena de esclavitud, la de las
pasiones que turban el espíritu como enfermedades del alma. En cuanto al
segundo vínculo de esclavitud, el de las cosas exteriores, tiene su
origen en una idea errónea: honores, riquezas, salud o nuestro mismo
cuerpo no nos pertenecen; nos han sido dejados en préstamo, en
usufructo; en cualquier momento nos pueden ser exigidos y nosotros
debemos estar dispuestos a devolverlos sin demora y sin pesar.
Por esto el hombre debe aprender a cifrar todos
sus gozos y pesares en aquello que, por ser de naturaleza interior,
permanece inalterable, firme y libre de cualquier traba. ¿De dónde saca
el hombre la fuerza para ser prudente, seguro de sí mismo, libre frente a
los demás hombres y a las adversidades de la vida? Se la da Dios, de
quien ha recibido con la razón una partícula inmortal de su
omnipotencia. El hombre debe venerar esta porción divina que hay en él y
protegerla del contagio de los sentidos, debe escucharla y obedecerla
en las horas de duda y de tentación: ella es la conciencia que le
conduce a obrar el bien y a vencer serenamente el mal, y la más sólida
garantía de su virtud y de su felicidad.
Otro concepto fundamental que inspira las Disertaciones
y que está estrechamente ligado al precedente es el de la fraternidad
humana; todos los hombres, en calidad de hijos de Dios, son hermanos
entre sí, y se deben afecto y ayuda mutuos. Las faltas de nuestro
prójimo deben inspirar en nosotros la comprensión y la piedad; debemos
ser cautos en juzgar y serenos y justos en castigarlas, cuando sea
necesario. Y cuando alguien nos ofenda, pensemos que el vengar la ofensa
redundaría sólo en nuestro daño, porque menguaría nuestra integridad
moral; y éste es precisamente el único mal que puede hacerse a un hombre
digno de este nombre.
De todos los problemas particulares examinados
por Epicteto, que abarcan casi todos los aspectos de la vida espiritual y
de las relaciones sociales del individuo, aparece claro y completo el
concepto de la vida como misión, la cual debe ser realizada mediante la
elevación constante de nuestro espíritu y del de los demás, y mediante
la obediencia (humilde y al propio tiempo activa y operante) a la
voluntad de Dios. Por estas razones fundamentales y por los principios
que de ellas se derivan (resignación en los sufrimientos y privaciones y
amor fraterno hacia todos los hombres, junto a los cuales el sabio debe
sentirse y hacerse sentir como enviado, siervo y ministro de Dios), la
concepción de Epicteto tiene un carácter religioso tan acentuado que
llegó a correr la especie de que había pertenecido secretamente al cristianismo.
El Enquiridión o Manual de
Epicteto, obra también de Flavio Arriano, es una colección de máximas y
de enseñanzas morales expuestas en clara forma discursiva, orgánica y de
lograda brevedad, generalmente conocida gracias a la hermosa versión
que Giacomo Leopardi
hizo en 1825.
Partiendo de la libertad como bien supremo, Epicteto distingue entre
las cosas que dependen de nosotros y, por ello, son libres (juicio,
intelecto, inclinación, deseo, aversión) de aquellas otras que no
dependen de nosotros (cuerpo, salud, fortuna, riqueza, honores) y por
ello son esclavas. Solamente las primeras tienen un relieve moral, en
cuanto son útiles para la dignidad y la perfección del alma; las
segundas se dividen en preferibles (por ejemplo, la salud) y no
deseables (por ejemplo, la enfermedad), pero como no poseen relieve
moral se mantienen como extrañas a nuestro ser íntimo y, en
consecuencia, no encierran importancia.
El sabio, que sabe distinguir las dos
categorías, es integralmente libre: nada ni nadie pueden privarle de lo
que es suyo: "Ni el propio Júpiter puede forzarme a desear lo que no
quiero ni a creer en lo que no creo". La libertad comienza con el
dominio de sus propios impulsos irracionales (instintos, vicios,
pasiones) y se extiende al de las ambiciones, decepciones, hechos
sociales y políticos, el miedo a las enfermedades y a la muerte. Porque
el sabio, si no puede quedar inmune de muchos acaecimientos reputados
como males, tiene facultad, al menos, para regular las reacciones de su
propio espíritu frente a aquellos acontecimientos: "Suprime la idea y
suprimirás también el hecho".
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