De la camada de narradores peruanos que apareció en la década pasada, Orlando Mazeyra
siempre ha mostrado una coherencia, tanto en sus temas como en la
manera en que los escribe. Y se ha movido en un género como pez en el
agua: el cuento o el relato breve. Toda su obra la ha escrito desde
Arequipa y se hizo de un nombre en tiempos en los que la atención
crítica parecía estar solo enfocada en Lima. A la fecha, tiene siete
libros de relatos: Urgente, necesito un retazo de felicidad (2007), La prosperidad reclusa (2009), Mi familia y otras miserias (2013), Bitácora del último de los veleros (2016), Instrucciones para saltar al abismo (2016), Inmunidad de rebaño (2021) y El niño de La Arboleda (2021).
En todos ellos es posible detectar una intención del autor: la
autorreferencialidad. Pero no la entendamos como la que hemos visto en
estos lares en la primera mitad de la década pasada. La
autorreferencialidad de Mazeyra siempre ha estado más allá, ha rozado el
malditismo, la autocrítica feroz y una exposición personal muy
horizontal. En muchos de sus relatos, el protagonista es un escritor,
pero no nos referimos a una configuración libresca, sino a una hecha de
miserias y vergüenzas. A ese punto llegó Mazeyra, no por valentía, sino
porque eso es lo que tiene que hacer todo escritor al escribir. En
tiempos en donde impera lo políticamente correcto, lo que es normal es
visto como una extravagancia.
Una de las características de la obra de Mazeyra es que la misma siempre
ha estado en diálogo con la novela episódica. Sus relatos, si bien
exhibían una coherencia interna de sus elementos, en conjunto daban la
impresión de que podían ser leídos como una novela a razón de la
recurrencia de sus personajes. Sus siete libros de relatos son
igualmente su biografía literaria, pero no por la autorreferencialidad,
sino por la apuesta por el relato fragmentario, dimensión en la que
encontró lo más importante que debe tener un autor antes que ganas de
contar y traumas por compartir: el tono. Ese tono de la voz narrativa
que muchos escritores no hallan nunca y que, por eso, vemos a más de uno
pimponeando ante la tendencia narrativa de la temporada. Un escritor
sin tono es un farsante. En este sentido, Mazeyra ha respetado su tono y
lo ha ido puliendo tanto con títulos sólidos como con los irregulares.
La primera novela
El mar que nos espera,
de Orlando Mazeyra, es la novela ganadora del Primer Premio
Internacional de Novela FILAY (Feria Internacional del Libro de
Ayacucho). El fallo se dio en mayo del 2025 y el jurado estuvo compuesto
por los escritores José Guich Rodríguez (Perú), Claudia Apablaza
(Chile) y Mauricio Montoya Vásquez (Colombia).
Durante un verano en Camaná, un grupo de amigos queda marcado por
una experiencia límite en la que se mezclan las drogas con el
espiritismo; el espacio en que se inició esta pesadilla obedece al
nombre de Las Cuevas. Lo que se suponía que sería una experiencia
juvenil más deviene en hechos signados por la muerte de quienes
participaron en esa sesión. Las pesadillas que tienen, a saber, están
pautadas por la presencia de un niño decapitado.
Siguiendo la
estrategia de sus relatos, Mazeyra apela, por grandes tramos, a un
narrador protagonista, un testigo de los hechos; y se mantiene fiel al
carácter fragmentario/episódico de la narración. La narración por
fragmentos es el camino que sigue Mazeyra porque le permite golpear
mejor. No hay que confundir con efectismo. En esa brevedad, Mazeyra
desarrolla un discurso verosímil, y verosimilitud es lo que requiere una
historia con varias capas narrativas (pensemos en la casa maldita
ocupada por religiosos años atrás a los acontecimientos que nos cuentan y
en la reflexión sobre la vocación literaria), en las que se hace uso de
varios registros, como el terror psicológico.
Este recurso episódico le da la libertad al autor para insertar microhistorias, como aquella en donde Vargas Llosa
se somete a una sesión, en Ayacucho, con un brujo que le asegura que
ganará el Premio Nobel de Literatura. La condición para que se le
conceda el galardón: el laureado escritor no tiene que publicar la
segunda parte de sus memorias.
El mar que nos espera es una novela oscura, pero entretenida.
Se lee rápido y se retiene lo leído. Eso solo lo consigue un autor con
oficio. Mazeyra es una voz importante de la narrativa peruana actual.
Fuente: https://larepublica.pe
Por: Gabriel Ruiz Ortega
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