Muchos líderes –empezando por Donald Trump– usan el humor para humillar o
polarizar: el rey de Inglaterra lo usó como instrumento de
entendimiento y celebración mutua.
Es difícil usar humor en un discurso político serio. Es aún más
difícil hacerlo frente a la actual clase política de Estados Unidos sin
correr dos riesgos enormes: ofender a una audiencia crispada y
polarizada, o sonar subordinado por tratar de ser simpático.
Pero Carlos III lo logró. Durante su visita a Washington usó de
manera hábil el humor en sus discursos como un instrumento de control
del contexto político. Sus dos intervenciones del 28 de abril –la que
pronunció en la Sesión Conjunta del Congreso de Estados Unidos y la de la cena de Estado en la Casa Blanca– son una cátedra de retórica diplomática al más alto nivel.
Comencemos por entender la estructura del mensaje ante el Congreso.
Carlos usó un andamiaje narrativo canónico en los discursos políticos de
este nivel: evocar el pasado como fuente de valores compartidos y
lecciones útiles para el presente, plantear una postura política ante
los retos actuales, proyectar un futuro deseable y finalizar con un
llamado a la acción.
Para recordar el pasado, el monarca pudo elegir momentos históricos
en los que Estados Unidos y el Reino Unido han sido aliados cercanos.
Pero estamos en 2026, año en el que Estados Unidos celebra el 250
aniversario de su independencia del Reino Unido. Así que Carlos decidió
hacer algo muy difícil: tomar como referente histórico ese momento de
ruptura armada entre ambas naciones. Establece entonces la tesis central
del discurso: la relación entre el Reino Unido y Estados Unidos es muy
larga y compleja, y está llena de momentos de cercanía y momentos de
diferencia, como 1776. Hemos tenido desacuerdos y, de hecho, hoy los
tenemos, pero nunca se olviden de esto: ustedes provienen de nosotros y
por eso nuestra relación es única e indisoluble.
¿Cómo decir esto sin sonar parternalista o condescendiente? Esa es la
operación delicada que el rey realiza usando el humor como bisturí.
Comienza con una fina cita irónica: “Como decía Wilde, Estados Unidos y
el Reino Unido tenemos todo en común, menos, desde luego, el idioma”.
Con las primeras risas, la audiencia se relaja y está lista para toda la
exposición de argumentos.
“Hace 250 años… o como decimos en el Reino Unido, apenas el otro
día”… con frases ingeniosas como esta, Carlos establece de manera
elegante el peso de la antigüedad del imperio británico frente a la
relativa juventud del imperio americano. Pero lo hace de manera ligera.
No hay condescendencia. Lo que aparece es otra forma de autoridad: la de
la sabiduría que da la experiencia histórica. La independencia de
Estados Unidos no es una herida abierta. No es un pretexto para revivir
rencores o exigir ridículas peticiones de disculpas. Es más bien un
episodio que ambas partes asumen con tanta madurez que hasta pueden
reírse un poco de ello.
La parte central del discurso es muy precisa en su lógica
argumentativa. Presenta a Estados Unidos como heredero natural de las
instituciones, ideas y valores británicos. Lo hace encadenando elementos
concretos: el principio de “no taxation without representation”,
el derecho anglosajón, la influencia de la Ilustración británica en los
Padres Fundadores, la Magna Carta inglesa como origen del sistema de
pesos y contrapesos americano, la transmisión directa de principios de
la Declaración de Derechos británica de 1689 a la Carta de Derechos
estadounidense de 1791. Al enumerar esta herencia intelectual,
filosófica e institucional, el rey no sugiere mera influencia, sino una
genealogía política compartida: somos parte de la misma familia.
Como en el ajedrez, en este discurso Carlos III avanza cuadro a
cuadro. Habla suave y pausado, siguiendo en cada tema una estructura
clara. Primero desarma con el chiste erudito y aristocrático. Luego
establece su visión de la historia compartida. Y luego llega a la
conclusión político-diplomática. El humor no trivializa la historia,
simplemente ayuda a comunicar la tesis central: nuestras semejanzas son
más fuertes que nuestras diferencias.
Eso es lo que le permite al orador, elegantemente, enumerar
desacuerdos fundamentales en forma de petición, esperanza o ideal:
Ucrania necesita su apoyo, ayúdenla. La OTAN ha estado ahí para ustedes
cuando la han necesitado, respétenla. El mundo los necesita, no se
ensimismen. Y el cambio climático es real, hagan algo. Todo sin sonar a
reproche político. Todo con el aplauso de pie de republicanos y
demócratas por igual, incluyendo al antieuropeo y antiliberal
vicepresidente J.D. Vance.
En la cena de Estado, el registro cambia. El humor se vuelve más
ligero y más directo. La línea más citada lo resume. “Señor presidente,
usted ha dicho que si no fuera por Estados Unidos, los europeos estarían
hablando alemán, pero yo me atrevo a decir que, si no fuera por los
británicos, ustedes estarían hablando francés”.
En apariencia, son bromas históricas ligeras. En realidad, son
jugadas retóricas de precisión. Carlos III entra en el lenguaje de
manipulación de la historia que caracteriza a Trump, pero en tono de
juego, no de confrontación. Ese equilibrio es extremadamente difícil. Si
compite demasiado, provoca; si evita competir, se somete. El monarca
encuentra un punto medio: simpatía sin agresión. Por ejemplo, cuando
alude a la quema de la Casa Blanca por parte de las tropas británicas en
1814, llamándola “nuestro propio intento de incursionar en el rediseño
de bienes raíces”. El episodio histórico se transforma en irónico understatement, característico del humor británico más fino.
El resultado es un discurso que hoy es muy raro en la política
contemporánea: un discurso lleno de humor sin víctimas ni ofendidos.
Nadie queda expuesto, nadie queda ridiculizado, nadie siente que sale
ganando o perdiendo. Y precisamente por eso, comunica el mensaje con
claridad sin tener que decir las cosas bruscamente. Sin ese tono, las
referencias a la OTAN, a Ucrania o al orden liberal global podrían
percibirse como críticas frontales a la política estadounidense. Con ese
tono, en cambio, aparecen como parte de una larga historia compartida.
En una época en la que muchos líderes –empezando por Donald Trump–
usan el humor como arma para humillar, polarizar o dominar, Carlos III
muestra otra tradición: el humor como instrumento de entendimiento y la
celebración mutuas entre naciones grandes y complejas. Es una forma
efectiva de proyectar poder suave en el corazón de un imperio que hoy
está entregado al culto irracional del poder duro. Todo con el aplauso
de Trump y su politburó MAGA. No es, creo yo, poca cosa. ~
Fuente: https://letraslibres.com
Por: Luis Antonio Espino
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