Si hay algo que nos gusta a los humanos es, sin duda, pedir deseos. Basta que un pedazo de roca entre en contacto con la atmósfera, vaporizándose, para que cerremos los ojos y comencemos a decir: que sea este año, que mi equipo suba a primera, que todo vaya bien con este embarazo; deseo, espero, necesito que mi hija apruebe las oposiciones; es necesario, preciso, urgente que el tratamiento funcione y la pesadilla termine; te pido, te suplico, te exijo que las cosas empiecen a ir bien de una vez.
Es comprensible. Todos necesitamos confiar en un ente supremo que sea más poderoso que nosotros y, cuando la fe en los dioses flaquea, hay que buscar alternativas. Detrás está, claro, la duda, la incertidumbre, el miedo. Porque quizá este año sea igual que el anterior, mi equipo no suba y mi hija siga sin poder emanciparse. Es tan incierto el porvenir, que siempre parece que hablamos de él con miedo. Te digo que te lo daré cuando vengas y en silencio parece que añado si vienes. Admitámoslo. Somos seres recelosos. Dudamos todo el tiempo y no solo del futuro. Lo que ocurre alrededor también es incierto. La miro de cerca y dudo de que sea tan inteligente como cree, no digo que sea tonta, tampoco. Simplemente, cuando me faltan las certezas, no me comprometo con la verdad de lo que digo.
Tanto es así, que a veces ni siquiera nos queremos comprometer con la existencia de las cosas de las que hablamos. Aunque quizá sea, simplemente, un acto de rebeldía. Proclamamos a los cuatro vientos que deseamos encontrar una persona que nos entienda, que nos escuche sin juzgar, que nos crea y, para desearlo, ni siquiera necesitamos afirmar que exista. Otras veces, simplemente no queremos hablar de nadie en concreto, porque las palabras también sirven para generalizar. Como cuando prometemos matrícula al que saque la mejor nota, sea quien sea, o cuando queremos aconsejar, parafraseando a los Panchos, que el que tenga un amor, que lo cuide.
Dudamos y la duda nos perturba, porque nos sabemos vulnerables. Imaginamos mil escenarios posibles y no importa que haya pocas probabilidades de que ocurran, porque de igual modo nos preocupan. Sabemos que, si llegara a ocurrir, sería terrible. Nuestra tendencia a crear mundos alternativos es tal, que incluso hablamos de lo que no ocurrió, porque si hubiera ocurrido, nuestra vida habría sido distinta.
Pero no podemos vivir siempre en la duda. Hay que apretar los dientes y hacer como que el suelo es firme. Aceptar las verdades compartidas y hablar de ellas, como si fueran seguras, como si no existiera la posibilidad de la mentira. Cuando lamento que tengas tantos problemas, no pongo en duda tus dificultades, las doy por conocidas. Y es que las verdades compartidas no necesitan volver a afirmarse. Las aceptas, porque sin ellas no sería posible avanzar. Decirle al amigo: me gusta que hayas encontrado ese trabajo, pero odio que tengas que marcharte.
De todas las verdades compartidas, creo que es importante destacar aquellas que surgen en la propia conversación. Y es que hay veces que hablamos y nuestra voz tiene un cierto regusto a eco, como si no fueran nuestras palabras, sino las de otro que ha hablado antes que nosotros. Cuando afirmo que no voy porque quiera hacerme notar, estoy negando una acusación que alguien ha podido emitir. Del mismo modo que cuando advierto que, aunque llueva, iremos igual, en el aire queda la sospecha de que alguien ha dicho (o ha pensado) que mañana lloverá.
No somos dioses. Sentimos miedo, tenemos dudas, somos vulnerables. Necesitamos usar nuestras palabras para crear mundos posibles, emitir deseos, suplicar favores. No acabamos de atrevernos a aseverar que las cosas sean como las vemos, preferimos hacer como si la duda no existiera, repetir verdades que se dan por supuestas. Y para todo ello, los hablantes de español usamos el subjuntivo. Un modo que el verbo nos ofrece para sobrevivir a la incertidumbre.
Fuente: https://letraslibres.com
Por: Mamen Horno (Madrid, 1973) es profesora de lingüística en la Universidad de Zaragoza y miembro del grupo de investigación de referencia de la DGA Psylex. En 2024 ha publicado el ensayo "Un cerebro lleno de palabras. Descubre cómo influye tu diccionario mental en lo que piensas y sientes" (Plataforma Editorial).
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