sábado, 13 de julio de 2024

Libro: La voz de los valientes. Auschwitz nunca olvidar

 

 

1939

Las mañanas en Schloss Wiesner siempre habían tenido un efecto balsámico en August. Aquel rincón de la región checoslovaca (sí, checoslovaca, siempre checoslovaca) de Bohemia parecía inmune a todas las inclemencias, las de la naturaleza y las del hombre. Su castillo llevaba siglos asentado allí, con su aspecto recio y sólido, tan arraigado a la tierra fértil del corazón de Europa como las montañas que se veían a lo lejos. Planta cuadrada con un torreón redondo en cada esquina, paredes de piedra y ladrillo rojizo en las que se abrían ventanas; las más viejas, pequeñas; las de tan solo un siglo, mayores. El jardín también tenía varios siglos, los suficientes para que cualquier novedad, cualquier árbol que se replantara, cualquier nuevo parterre o follie destacara en un entorno en el que la distinción venía dada por la historia secular de cada elemento del paisaje. El foso que rodeaba la edificación, con sus aguas quietas y verdes llenas de ranas, no retendría al enemigo esta vez. 

Eran las siete de la mañana y, desde su habitación del primer piso, observaba secarse la humedad que cubría los prados mientras la niebla que causaba también desaparecía poco a poco desvelando los detalles de la propiedad. Tenían otra casa en Praga, pero su familia pertenecía a aquellas tierras. Cuatro siglos ya. Cuatro siglos de convivencia con las aldeas y villas cercanas; con el vecino Schloss Blank, que lindaba con su finca, resistiendo los embates del continente, tantas veces en guerra, con imperios que aparecían y desaparecían, coronas que cambiaban de dinastía, tierras que iban de unas manos a otras, y, sin embargo, creía que el mal que acechaba era el peor que a su castillo le había tocado soportar. El único que les iba a hacer huir.

Su mujer no había dormido en toda la noche pero seguía intentándolo, echada en su cama, con los ojos cerrados, sin poder contener las lentas lágrimas que cada poco recorrían sus mejillas. La conocía bien. Se despertaría, se erguiría y lo organizaría todo para la partida sin quejarse, pretendiendo que aquel no era uno de los días más tristes de sus vidas. Se anudó la bata y salió al pasillo que recorría la planta noble, con las habitaciones a un lado y la barandilla que los separaba del piso inferior al otro. Habían empezado a cubrir con sábanas los muebles el día anterior, y escondido la plata y objetos de valor en los sótanos. Saldrían ese mismo día, pero los preparativos para que el castillo dormitara durante su larga au sencia iban a llevar al menos dos días más. En ello estaban ya algunos de los sirvientes que vio trajinar en la planta baja. Tres enrollaban la gran alfombra del vestíbulo en aquellos momentos. Se acercó al Rubens, demasiado grande para esconderlo bien e im posible de llevar consigo. Luego miro el retrato de su familia obra de Winterhalter, que, con el mismo problema, también tendría que esperar allí. El día anterior se habían repetido los unos a los otros que lo material no importaba, que lo importante eran ellos tres, que estarían perfectamente bien y que, si alguien lograba acabar con su ancestral castillo, se harían uno más bonito y nuevo en otro lugar. Mentiras para animarse unos a otros, pues aquellas paredes formaban parte de su piel, de sus recuerdos y de su corazón.

Se llevarían lo que pudieran. Seis camiones aguardaban ya cargados para partir hacia el este. Allí, el plan era embarcarlos a Francia, a donde ellos intentarían huir. Ya era tarde, pero intentaban no atormentarse con esa certeza. Cuando Checoslovaquia fue ocupada, deberían haber huido, haberlo dejado todo atrás y escapado lejos cuando aún era fácil hacerlo. La sangre orgullosa y noble, la dignidad de una familia que jamás había huido era la culpable de que hubieran decidido aguantar, la culpable de que aquel día tuvieran que huir. Eran judíos.

Primeros parrafos del libro La voz de los valientes

 

En tiempos de paz jugaron a ser otros. En tiempos de guerra descubrieron quiénes eran en realidad.

Baviera, Alemania. El castillo de Fallstein es uno de los más fastuosos de la zona, pero, lejos de ser un remanso de paz alejado del frente, Hilda Sagnier ha comprobado cómo la guerra y sus consecuencias han entrado con fuerza en sus salones, pues su marido, el prestigioso conde bávaro de Fallstein, ha sido completamente seducido por Hitler. Decidida a luchar por lo que cree, la condesa no dudará en arriesgar su vida, sobrepasar sus límites y fingir ser quien no es para ayudar a los perseguidos del régimen.

Mientras tanto, en Barcelona, los nazis empiezan a agasajar a José Manuel, pero el empresario sabe exactamente cuál es su objetivo. Él, que fue espía durante la Guerra Civil española, no tardará en involucrarse en la misión más secreta y de una relevancia capital, una misión que lo llevará a alternar con la élite alemana y a relacionarse con la alta sociedad de Potsdam. Allí, donde todos se relajan y hablan más de la cuenta, el espía deberá encontrar y destruir el arma en la que los alemanes confían su victoria.

Hilda y José Manuel, dos españoles en el corazón del Tercer Reich, descubrirán que, en tiempos de guerra, nadie es quien dice ser y que a veces la urgencia y el peligro son los mejores aliados para que el amor y los verdaderos sentimientos afloren.


RAFAEL TARRADAS BULTÓ

(Barcelona, 1977) estudió Diseño Industrial en la Universidad Autónoma de Barcelona y actualmente trabaja en el sector de la comunicación en Madrid. Además de su interés por el arte y el deporte, es un apasionado de la historia de los siglos XIX y XX. Cuando no está leyendo sobre la materia le gusta escribir en su retiro del Valle del Tiétar, Ávila. Ha publicado El heredero, El valle de los arcángeles y La voz de los valientes, que han sido y son un éxito de ventas y crítica.

 

MÁS INFORMACIÓN


Autor(es): Rafael Tarradas Bultó

Editorial: Planeta

Páginas: 680

Tamaño: 15 x 23 cm.

Año: 2024