lunes, 13 de julio de 2020

P. Adolfo Franco, SJ: Comentario para el domingo 13 de Julio

DOMINGO XV del Tiempo Ordinario
Mateo, 13, 1-23

Parábola del sembrador

13 Ese mismo día salió Jesús de la casa y se sentó junto al lago. Era tal la multitud que se reunió para verlo que él tuvo que subir a una barca donde se sentó mientras toda la gente estaba de pie en la orilla. Y les dijo en parábolas muchas cosas como estas: «Un sembrador salió a sembrar. Mientras iba esparciendo la semilla, una parte cayó junto al camino, y llegaron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, sin mucha tierra. Esa semilla brotó pronto porque la tierra no era profunda; pero, cuando salió el sol, las plantas se marchitaron y, por no tener raíz, se secaron. Otra parte de la semilla cayó entre espinos que, al crecer, la ahogaron. Pero las otras semillas cayeron en buen terreno, en el que se dio una cosecha que rindió treinta, sesenta y hasta cien veces más de lo que se había sembrado. El que tenga oídos, que oiga».

10 Los discípulos se acercaron y le preguntaron:
—¿Por qué le hablas a la gente en parábolas?

11 —A ustedes se les ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos; pero a ellos no. 12 Al que tiene, se le dará más, y tendrá en abundancia. Al que no tiene, hasta lo poco que tiene se le quitará. 13 Por eso les hablo a ellos en parábolas:

»Aunque miran, no ven;
    aunque oyen, no escuchan ni entienden.
14 En ellos se cumple la profecía de Isaías:
»“Por mucho que oigan, no entenderán;
    por mucho que vean, no percibirán.
15 Porque el corazón de este pueblo se ha vuelto insensible;
    se les han embotado los oídos,
    y se les han cerrado los ojos.
De lo contrario, verían con los ojos,
    oirían con los oídos,
    entenderían con el corazón
y se convertirían, y yo los sanaría”.[a]

16 Pero dichosos los ojos de ustedes porque ven, y sus oídos porque oyen. 17 Porque les aseguro que muchos profetas y otros justos anhelaron ver lo que ustedes ven, pero no lo vieron; y oír lo que ustedes oyen, pero no lo oyeron.

18 »Escuchen lo que significa la parábola del sembrador: 19 Cuando alguien oye la palabra acerca del reino y no la entiende, viene el maligno y arrebata lo que se sembró en su corazón. Esta es la semilla sembrada junto al camino. 20 El que recibió la semilla que cayó en terreno pedregoso es el que oye la palabra e inmediatamente la recibe con alegría; 21 pero, como no tiene raíz, dura poco tiempo. Cuando surgen problemas o persecución a causa de la palabra, en seguida se aparta de ella. 22 El que recibió la semilla que cayó entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de esta vida y el engaño de las riquezas la ahogan, de modo que esta no llega a dar fruto. 23 Pero el que recibió la semilla que cayó en buen terreno es el que oye la palabra y la entiende. Este sí produce una cosecha al treinta, al sesenta y hasta al ciento por uno». 

El Señor vuelca hoy su mensaje en la parábola de la semilla. El sembrador, la semilla, el terreno: tres realidades que concurren en una misma historia. Hay un Sembrador que viene a sembrar con una gran riqueza y abundancia de semillas. Dios es espléndido, generoso, dadivoso. Y tiene una semilla especial que esparcir en el terreno: una semilla muy especial, es su propia vida, la Luz de la fe en la oscuridad de nuestras cuevas interiores, el amor y la intimidad con El. El viene a la tierra justamente a eso a sembrar en la tierra de los hombres.

Así que El es el sembrador y la fe en El y su amor, la semilla. Dios en nuestros surcos, en nuestra alma. Así podríamos definir los tres actores de este drama, que concurren en la parábola: El sembrador es Jesús, la semilla es su propia vida, la vida de Dios, la Fe, y el terreno el corazón del hombre, al que Dios se dirige.

Y ¿qué le pasa a Dios, a Jesús, en su siembra entre los hombres? la historia de la relación de Dios con los hombres está descrita en síntesis en esta parábola dramática. Cuando se escucha que la semilla se desperdicia en tres de los cuatro terrenos, se siente el drama de la relación de Dios con los hombres. Dios que siempre busca al hombre, para darle lo mejor, darse a sí mismo, y los hombres que frecuentemente se resisten a Dios, le impiden que entre en sus vidas.

Dios vino al mundo, como un sembrador, y podemos sintetizar todo lo que El viene a darnos en la Fe, que es vida y es luz, para que entre en nosotros y haga fructificar nuestra existencia, que no sea una existencia vacía e intrascendente, estéril. Y aún más que la fe podríamos decir que la semilla que Dios quiere sembrar es la "amistad con El".

Esta semilla es sembrada en la primera tierra; pero hay corazones que no se abren a la fe, y menos aún al amor; corazones que se resisten a estar fecundados por la luz que Jesús viene a traernos. Corazones endurecidos por el orgullo; piensan que se bastan a sí mismos para tener su propia luz. No se dan cuenta que están en la oscuridad: su pequeña lámpara mortecina no les permite darse cuenta de cuán oscuro está todo en sus vidas. Se echa la semilla, el corazón está duro, y los pájaros se comen la semilla. La falsa ciencia, los torpes y limitados razonamientos humanos, son los pájaros siniestros que se comen la buena semilla. ¡Pobre semilla desperdiciada!

Hay otros terrenos en que cae la semilla, la luz de la fe, la vida de Dios mismo. Y la semilla aparentemente produce una planta que crece rápidamente; se produce un amor inicial. Pero, cuando vienen las dificultades, a veces problemas en la vida, la salud, el fracaso en el trabajo, dificultades con los hijos, hacen que la semilla se quede sin el riego necesario, y la planta recién nacida se seca; se abandona el amor. Ha faltado regar la semilla con perseverancia, cultivar el amor, ablandar ese terreno de las profundidades, donde todo es piedra, y donde la planta no puede seguir desarrollando sus raíces. Son las durezas que hay en el fondo de nuestro ser y que impiden que la semilla, avance, que la luz nos llegue a todos los rincones.

Y hay otros terrenos a los que alude el Señor en la parábola, donde la semilla crece y aparentemente todo está bien; pero enseguida empiezan a aparecer otras plantas, más vigorosas que la buena, impiden que la buena semilla se desarrolle, porque las malas hierbas le quitan el jugo, y además esas plantas perniciosas se echan encima de la tímida buena planta y la asfixian; se ha querido que el amor a Dios se combine con otros amores. El final lastimoso es que la buena semilla no produjo el fruto que debió producir. Y es que hay corazones así: Jesús siembra la semilla de la fe, la vida del Señor empieza a desarrollarse en el corazón, hay ilusión de seguir creciendo. Pero en el corazón no se han eliminado las malas tendencias, los apetitos materiales, la sensualidad es fuerte, la comodidad vuelve a aparecer, y todas estas plantas, amores  torcidos que habría que sacar de raíz, vuelven a crecer, crecen mucho, porque no quieren que la buena semilla predomine, y poco a poco la buena planta se va secando, hoja tras hoja, hasta que al final no quedan más que las malas hierbas y más vigorosas que antes. La semilla ha quedado sin fruto. Y se perdió el amor.

Y finalmente también hay el terreno, que es agradecido y que ha recibido la semilla, y la ha dejado penetrar en el corazón: el amor de Dios ha sido sembrado en lo hondo del corazón. La semilla en esa persona puede invadir todos los rincones, no hay espacios duros que bloqueen la entrada del Señor, todo se le permite, entrar en todos los rincones. Entonces la semilla va fortaleciéndose poco a poco, y a medida que se hace vigorosa, va eliminando los vestigios de malas hierbas que pudieran encontrarse en algunos de los espacios del alma. La persona se transforma interiormente y progresivamente. El fruto es abundante, de acuerdo a la entrega. Pero también en la entrega puede haber diferencias, y por tanto diferencias en el fruto: de treinta, de sesenta y de ciento por uno.

Todo un desafío, para la fe, para la vida que Dios nos quiere comunicar, para nuestra realización: ¿aspiramos a treinta, a sesenta o a ciento  por uno?.

 

Adolfo Franco, SJ