viernes, 15 de noviembre de 2019

Podcast La ContraHistoria: Bolívar, ¿héroe o villano?





Se llamaba Simón Bolívar Palacios Ponte y Blanco y nació en Caracas en 1783, en pleno reinado de Carlos III. Era hijo de una adinerada familia de origen español, de Vizcaya concretamente. Quedó huérfano de padre con dos años y de madre con nueve. Serían sus tíos los que se encargarían de su educación bajo la tutela de su maestro Simón Rodríguez. 

En 1799 viaja por primera vez a Europa, conoce en España a su futura esposa María Teresa Rodríguez del Pozo con la que se casó en 1802 en Madrid, cuando él tenía 19 años y ella 21. Regresaron a Caracas donde María Teresa muere en 1803. Decidió entonces viajar a Francia. Se establece en París, donde asiste a la entronización de Napoleón, para después viajar por Italia, donde en Roma jura en el Monte Sacro que su destino era independizar su país de España. 

De vuelta a América, ya en 1806, participa en las acciones que habían de llevar a la Primera República. Para ello viajó a Londres en 1810 buscando el apoyo británico a favor de los venezolanos. Allí entra en contacto con Francisco de Miranda. Regresó poco después a Venezuela, seguido de Miranda, que proclamaría la Primera República en 1811. Pero sería una república muy efímera, acabaría el año siguiente con la captura de Miranda por parte de los españoles, captura en la que participó el propio Bolívar, lo que le permitió salir exilado hacia Curazao. 

Ese mismo año de 1812, viaja a Cartagena de Indias, para unirse a los independentistas de la Nueva Granada. Logra allí reunir un ejército con el que invade Venezuela en la llamada Campaña Admirable, que ayudó a la constitución de la Segunda República y le valió a Bolívar el título de Libertador. Sin embargo, en 1814, la resistencia realista encabezada por José Tomás Boves llevó a Bolívar a declarar la “guerra a muerte”, lo que no evitó el fin de la Segunda República. Tras ello huyó de nuevo de Venezuela, primero a Cartagena, más tarde a Jamaica, donde escribió una famosa Carta en la que defendía la futura confederación colombiana, para después instalarse en Haití, desde donde organizó una nueva invasión de Venezuela que comenzó a mediados de 1816. 

A comienzos de 1819 era ya prácticamente dueño de toda Venezuela. Convocó el Congreso de Angostura, donde puso en marcha su plan de la Gran Colombia, que le llevará a cruzar los Andes en julio de 1819 y a derrotar a los realistas en Boyacá en agosto de ese mismo año, lo que le abrió las puertas de Bogotá. En el Congreso de Cucutá de 1821, fue nombrado presidente de la Gran Colombia, que coincidía a grandes rasgos con el virreinato de Nueva Granada, es decir, lo que hoy son Colombia, Venezuela y Ecuador.

La incorporación de la futura República de Ecuador a la Gran Colombia quedó definitivamente establecida tras la entrevista de Bolívar con José de San Martín, el líder independentista argentino, mantenida en Guayaquil en julio de 1822. Al año siguiente, en compañía del general Antonio José de Sucre, acude con el ejército de la Gran Colombia a apoyar a los independentistas peruanos, logrando las victorias de Junín y Ayacucho, ésta última, en diciembre de 1824, liderada por Sucre, que remataría la independencia de Sudamérica al liberar el Alto Perú, lo que poco después pasaría a conocerse como República de Bolivia, nombre que tomó del propio Bolívar. 

Para entonces el libertador ya había sido nombrado dictador del Perú para terminar todas estas campañas, cargo que ostentó hasta 1826, cuando regresó a Colombia. Allí fue asistiendo a la progresiva desintegración de su sueño de Unión Hispanoamericana, defendido en el Congreso de Panamá de 1826. Bolivia se separaba de Perú, el propio Perú entraba en guerra con la Gran Colombia, al tiempo que Venezuela y Ecuador rompían esa confederación grancolombiana. Todo por lo que había luchado se vino abajo con gran rapidez. 

Tras un intento de asesinato que logró desbaratar su amante Manuelita Sáenz, la salud del Libertador fue mermando. Abandonó la presidencia de Colombia en enero de 1830 y murió meses después, tras conocer la noticia del asesinato del general Sucre en Santa Marta, un puerto fundado por Rodrigo de Bastidas trescientos años antes en las costas del caribe colombiano, en casa de un médico español que le había acogido cuando todos le daban la espalda. 

Esta es la vida, muy resumida por supuesto, de Simón Bolívar, uno de los personajes más importantes de la historia de España, de las dos Españas, de la chica y de la grande. Un personaje que ha hecho correr ríos de tinta, ha inflamado discursos y sobre el que se han llegado a construir ideologías políticas. Sólo pronunciar su nombre basta para dar pie a una discusión o a una agradable conversación sobre historia española y americana. Lo segundo, la agradable conversación, es lo que vamos a hacer hoy Alberto Garín y un servidor de ustedes en La ContraHistoria.


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Poeta 502: Decí agua de Denise Griffith

DENISE GRIFFITH

(Buenos Aires - Argentina, 1993). Escritora y editora en Liberoamérica (Argentina). Es estudiante avanzada de Traducción Literaria. Escribe con frecuencia para la revista digital de Liberoamérica, medio que además coordina, y realiza críticas para la página especializada en teatro GEOteatral. En 2018, publicó el poemario Antojos de desorden y participó de la antología El gran libro de los perros de la editorial española Blackie Books. En 2019, publicó el poemario Carencia.


DECÍ AGUA

a Víctor
lo encontraron
cerca de los bosques
de los Pirineos
en Aveyron
cuando tenía doce años
en 1799

Víctor ponía la mano en la olla y no le quemaba el calor
a Víctor le gritaban al lado y ni se daba cuenta

en el proceso de civilización
lo educan
le enseñan el francés

agua, decí agua
si no decís agua no te doy el vaso
le muestran cómo abrir la boca
él abre la boca queriendo comunicarse
y no sale nada

cuántas veces damos por sentado que hablamos

libro, le enseñan
libro, esto es un libro

Víctor
hizo progresos
aunque nunca pudo desarrollar el lenguaje
ni escrito ni verbal
y sin lenguaje
no hay pensamientos

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lunes, 11 de noviembre de 2019

Cuentacuentos: Operativo corazón partido





Edu y Juan son los mejores amigos. Hasta que Juan se enamora de Jazmin y hace todo lo posible para llamar su atención, mientras Edu solo quiere reunir dinero para ir a visitar a su mamá que vive en España. Una historia que nos enseña que la verdadera amistad no tiene precio y que los buenos amigos se perdonarán pase lo que pase.

Hora: 4:00 pm
Fecha: 16 de octubre de 2019
Lugar: Auditorio del Cultural, Melgar 109
Entrada: Ingreso libre

Video 415: Abraham Valdelomar | Sucedió en el Perú





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Esto es HistoCast. No es Esparta pero casi. Ponemos rumbo al atolón homónimo y al combate que inclinó la balanza en el océano Pacifico durante la II Guerra Mundial. Desde las carlingas de sus aviones, cubiertas de los portaaviones y los puestos antiaéreos de la escolta se encuentran Javier Veramendi (@tamtamveramendi www.gehm.es), Rodrigo (@Rodericus_Rex), David (@DeividNagan), Hugo (@HugoACanete www.gehm.es) y Goyix (@goyix_salduero www.elguaridadegoyix.com). Os recordamos que nos podéis seguir a través de nuestra cuenta de twitter @histocast y en facebook. Lo podéis escuchar aquí o si tenéis apple aquí. Si queréis descargarlo pinchad aquí.


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P. Adolfo Franco, SJ: Comentario para el domingo 10 de noviembre

DOMINGO XXXII del Tiempo Ordinario

La pregunta sobre la resurrección

27 Después algunos saduceos fueron a ver a Jesús. Los saduceos niegan que los muertos resuciten; por eso le presentaron este caso: 

28 —Maestro, Moisés nos dejó escrito que si un hombre casado muere sin haber tenido hijos con su mujer, el hermano del difunto deberá tomar por esposa a la viuda para darle hijos al hermano que murió. 29 Pues bien, había una vez siete hermanos, el primero de los cuales se casó, pero murió sin dejar hijos. 30 El segundo 31 y el tercero se casaron con ella, y lo mismo hicieron los demás, pero los siete murieron sin dejar hijos. 

32 Finalmente murió también la mujer. 33 Pues bien, en la resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa esta mujer, si los siete estuvieron casados con ella?

34 Jesús les contestó:

—En la vida presente, los hombres y las mujeres se casan; 35 pero aquellos que Dios juzgue que merecen gozar de la vida venidera y resucitar, sean hombres o mujeres, ya no se casarán, 36 porque ya no pueden morir. Pues serán como los ángeles, y serán hijos de Dios por haber resucitado. 37 Hasta el mismo Moisés, en el pasaje de la zarza que ardía, nos hace saber que los muertos resucitan. Allí dice que el Señor es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. 38 ¡Y él no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos están vivos! 

En los Evangelios se nos muestran una serie de “discusiones” de Jesús con los “intelectuales” de su época como eran los fariseos, los levitas y los saduceos. Las personas más ilustradas se sentían incómodas, envidiosas y furiosas de que este “iletrado”, inculto, proveniente de un lugar insignificante se constituyera en “Maestro”, y de que además los desautorizase a ellos. Era normal su fastidio contra Jesús, dado su orgullo de creerse los inteligentes, los jefes, los maestros, los importantes, en fin. Jesús, además, se había permitido criticarles su poca autenticidad; y en ciertas ocasiones mostró la poca lógica y la poca coherencia que tenían sus doctrinas; a veces les muestra cómo era equivocada su aplicación de las mismas enseñanzas de Moisés. 

Entonces ellos quieren desautorizarlo, y con su ingeniosidad de hombres agudos quieren poner en evidencia la ignorancia de este “insignificante maestrito”. Le van a proponer un enigma, un callejón sin salida mental; algo que sólo a mentes privilegiadas como las suyas se les podría ocurrir. Lucas nos cuenta en este párrafo del Evangelio uno de estos episodios interesantes. Los saduceos (secta de intelectuales que no creían en la resurrección) se enfrentan a Jesús para hacerle caer en la cuenta de la incongruencia que hay en afirmar la resurrección. Y Jesús desbarata de raíz todo el tinglado intelectual absurdo que habían montado estos pseudo intelectuales.

En el fondo esta actitud pone al descubierto las de tantos hombres, en todos los tiempos, muy convencidos de su aguda intelectualidad, que han querido resolver el problema de la religión, mediante razones hábilmente elaboradas. Muchos hombres razonables plantean sus objeciones a la fe, desde el estructurado razonamiento de la lógica humana. Pero, ¿es la razón humana el instrumento apropiado para llegar a descubrir la realidad, en su dimensión más completa, en su dimensión sobrenatural? ¿Es la pura razón suficiente para darle respuesta completa a las preguntas fundamentales del hombre: El sentido de la vida humana, la vida después de la vida?

Los seres humanos tenemos básicamente dos fuentes de conocimiento, que nos son necesarias para vivir la vida orientados, y no sin brújula: la Fe y la Razón. Esas dos fuentes no entran en competencia, no se pelean entre sí, y no son enemigas. Eso en primer lugar; ha habido tiempos en que algunos hombres pensaban que tenían que escoger: o razón, o fe. Pensaban que ambas eran enemigas e incompatibles. Además por entender mal la fe, por juzgarla desde fuera y con ignorancia teñida de orgullo, pensaban que la fe era una actitud de menores de edad, de hombres sin cultura, en el fondo, de hombres inferiores. Esos tiempos, gracias a que la sensatez termina abriéndose paso, ya han pasado.

Tampoco se puede pretender que la fe resuelva los problemas intelectuales de la ciencia, ni que la ciencia dé una respuesta a los problemas que tocan el misterio interior de la vida y del ser humano. Así como no es legítimo pedirle a la fe que nos responda preguntas científicas, como las leyes de la astronomía sideral, tampoco es aceptable que la ciencia pretenda responder al problema de la esencia de Dios, o la eternidad, o el más allá. 

Además la razón humana, si somos suficientemente sinceros, es un maravilloso instrumento, pero con muchas limitaciones. Ha incurrido a lo largo del tiempo en tantos errores científicos, en muchos titubeos (piénsese en cómo las teorías se suceden y se corrigen unas a otras); incluso sigue encontrando en el presente tantos límites, tantas incertidumbres y sobre realidades elementales: en qué consiste la luz, cuál es el componente final de la materia... No es posible que una persona suficientemente inteligente confíe tanto en su sola razón, que le encomiende la respuesta a los más grandes interrogantes, cuando a veces no puede dar razón de problemas referentes a lo material. Si el hombre se encierra en la sola razón, queda encerrado en un mundo de sombras, sin posibilidad de salir más allá. 

Además hay que advertir lo que es la fe: Dios se nos ha acercado para contarnos la verdad, especialmente referida a El mismo, y a su misterio interior, ha querido contarnos las realidades maravillosas del futuro que nos espera, ha querido asombrarnos con el misterio de nuestro parentesco con El. La razón recibe con humildad estas nuevas realidades, que la superan absolutamente. Pero no se rebela frente a la luz, sino queda asombrosamente sorprendida por esta nueva luz que nos llega desde el que es todo Verdad, Belleza y Bondad.

Adolfo Franco, SJ