domingo, 14 de abril de 2024

Libro: Un grupo de nobles damas. Novelas eternas

 

 

DAMA NOVENA
LA DUQUESA DE HAMPTONSHIRE,
POR EL HOMBRE CALLADO

Hará unos cincuenta años el quinto duque de Hamptonshire era sin discusión el hombre más importante de este condado, singularmente en la zona de Batton. Procedía de la antigua familia de Saxelbye, siempre leal a la corona, una familia que antes de obtener sus títulos nobiliarios ya contaba entre sus varones con muchos hidalgos y clérigos célebres. Un historiador minucioso tardaría una tarde entera en obtener los calcos de las múltiples efigies y emblemas heráldicos grabados en su honor en placas de bronce tablillas y sepulturas en las naves de la iglesia parroquial. El propio duque era un hombre al que preocupaban muy poco las crónicas antiguas en piedra o en metal, aun cuando guardaran relación con los orígenes de su linaje. Dirigía preferentemente sus intereses hacia los placeres toscos y poco edificantes que su posición le ponía al alcance. No le importaba, llegado el caso, cerrar la boca de alguno de sus criados con un juramento que estallaba como una bomba, y se obstinaba en discutir con el párroco sobre las virtudes de las peleas de gallos y el tormento de toros. 

Era el aspecto de este caballero un tanto impresionante. Tenía su piel el color cobrizo de las hayas. Su constitución era robusta, aunque ligeramente encorvada; la boca grande; y gastaba como bastón una simple vara sin pulir, excepto cuando lo reemplazaba por una pica para cortar las zarzas que encontraba en sus paseos. Su castillo se alzaba en mitad de un jardín, rodeado de olmos oscuros por todos sus lados menos por el sur, y cuando brillaba la luna la fachada de piedra, festoneada por recias ramas, se veía desde el camino alto como una mancha blanca en la superficie de la oscuridad. Aunque recibía el nombre de castillo, el edificio contaba con escasas fortificaciones y había sido concebido ante todo para la comodidad de sus moradores, a diferencia de esas otras construcciones defensivas a las cuales corresponde en puridad este nombre. Era en realidad una mansión almenada de planta regular, cuadrada como un tablero de ajedrez, ornamentada con falsos bastiones y con troneras por detrás de las cuales pasaba el tiro de las chimeneas. En la quietud del amanecer, a la hora en que se encendía el fuego, cuando las criadas recorrían como espectros los pasillos y los finos haces de luz que se filtraban por las rendijas de los postigos arrancaban sonrisas y nerviosos parpadeos a los ancestros retratados en lienzo, doce o quince delgadas volutas de humo azul brotaban de las chimeneas y se desplegaban formando un dosel en el cielo. Rodeaban la mansión diez mil acres de la mejor tierra, fértil y densa, abundante en cañadas y praderas visibles desde todas las ventanas del castillo, que se fundían con sembrados pequeños, protegidos de las miradas curiosas por plantaciones de ingenioso trazado.

El segundo en importancia de la parroquia, bastante por detrás del propietario de todos estos bienes, era el rector, el honorable y reverendo señor Oldbourne, un hombre viudo, en exceso estirado y severo para ser clérigo; su rígido alzacuellos blanco, su cuidado pelo cano y su rostro de líneas rectas carecían por completo de esos amables rasgos de los que tanto depende la capacidad de un sacerdote para hacer el bien entre sus feligreses. El último de los notables, muy a la zaga de los otros dos —el Neptuno de esta tríada de personalidades locales—, era el coadjutor, el señor Alwyn Hill, un diácono joven y muy bien parecido, de pelo ensortijado, ojos soñadores —tanto, a decir verdad, que adentrarse en ellos era como elevarse y flotar entre nubes estivales—, una piel fresca como una flor y un mentón completamente imberbe. Pese a que rondaba los veinticinco años no aparentaba mucho más de diecinueve.

El rector tenía una hija llamada Emmeline, de carácter tan dulce y sencillo que su belleza ya había sido detectada, evaluada y glosada por todos los habitantes de la región antes de que ella misma sospechara de su existencia. Se había criado en relativa soledad y el trato con los hombres le causaba inquietud y confusión. Cada vez que un desconocido entraba en la casa paterna, Emmeline se escabullía en el jardín y allí se quedaba hasta que el visitante se había marchado, burlándose de su timidez, aunque incapaz de dominarla. No residían sus virtudes tanto en la fuerza de carácter como en una inapetencia natural por las cosas malas, que eran para ella tan poco seductoras como la carne para una criatura herbívora. Los encantos de su presencia, sus modales y su sensibilidad no habían pasado inadvertidos al joven clérigo semejante a un Antínoo y tampoco al duque, quien, pese a ignorar de un modo escandaloso lo que era la delicadeza, mostrarse torpe en el trato con el bello sexo y no ser en absoluto hombre para una dama, se encendió de un modo casi terrible cuando vio de repente a Emmeline poco después de que la joven cumpliera los diecisiete años.

Sucedió una tarde, en un rincón del bosquecillo que se extendía entre el castillo y la casa rectoral, mientras el duque observaba la construcción de un dique y la muchacha pasaba por allí a una distancia de escasos metros, a plena luz del sol, sin gorro ni sombrero. El duque volvió a casa como quien ha visto un fantasma. Subió a la galería del castillo y allí pasó algún tiempo contemplando a las antiguas bellezas de su familia como si hasta ese momento jamás hubiese reparado en la importancia que aquellos exponentes del género femenino habían tenido en la evolución de la estirpe de los Saxelbye. Cenó solo, bebió a discreción y se hizo la promesa de que Emmeline Oldbourne seria suya.

Extracto de Un grupo de nobles damas


Retenidos por el mal tiempo en un museo municipal, los miembros del Club de Naturaleza y Arqueología de Wessex deciden entretenerse contando curiosas historias «de hermosas damas, de sus amores y sus odios, de sus alegrías y sus desdichas, de su belleza y su destino ». Bodas secretas, hijos ilegítimos, aventuras furtivas, y muchos errores impulsivos que sólo se reconocerán con el paso del tiempo, componen la esencia de estas narraciones.  


THOMAS HARDY

(Higher Bockhampton, Stinsford, cerca de Dorchester, 2 de junio de 1840 - Max Gate, 11 de enero de 1928)​ fue un novelista, cuentista y poeta inglés. Un realista victoriano en la tradición de George Eliot, fue influenciado tanto en sus novelas como en su poesía por el romanticismo, incluyendo la poesía de William Wordsworth.​ Criticó fuertemente a gran parte de la sociedad victoriana, especialmente en relación con el estatus en declive de las personas del campo en Gran Bretaña, como las gentes del sudoeste de Inglaterra, de donde él mismo provenía.

Si bien Hardy escribió poesía a lo largo de toda su vida y se consideraba a sí mismo fundamentalmente un poeta, su primera colección no fue publicada sino hasta 1898. Inicialmente, ganó fama como el autor de novelas tales como Lejos del mundanal ruido (1874), The Mayor of Casterbridge (1886), Tess, la de los d'Urberville (1891), y Jude the Obscure (1895). Durante su vida, la poesía de Hardy fue aclamada por poetas más jóvenes (en particular los llamados poetas jorgianos) que lo veían como un mentor. Tras su muerte, sus poemas fueron elogiados por Ezra Pound, W. H. Auden y Philip Larkin.​

Muchas de sus novelas giran alrededor de personajes trágicos que luchan contra sus pasiones y circunstancias sociales. A menudo están ambientadas en la región semificticia de Wessex; inicialmente basado en el reino medieval anglosajón, el Wessex de Thomas Hardy eventualmente llegó a incluir los condados de Dorset, Wiltshire, Somerset, Devon, Hampshire y gran parte de Berkshire, en Inglaterra suroccidental y central del sur. Dos de sus novelas, Tess, la de los d'Urbervilles y Lejos del mundanal ruido, aparecieron en la lista de mejores 50 novelas en la encuesta de la BBC, The Big Read.


MÁS INFORMACIÓN


Autor(es): Thomas Hardy

Editorial: Cranford Collection

Páginas: 

Tamaño: 16 x 24 cm.

Año: 2021