domingo, 23 de mayo de 2021

Cita DLXXXVII: Belisario, el general bizantino más victorioso

 

 
Detalle del mosaico de San Vitale, en Rávena, en el que aparece Belisario


Bizancio no suele recibir la atención que merece, aunque su trayectoria se prolonga a lo largo de más de mil años, hasta su caída frente a los turcos en 1453. Este desinterés se debe a diversas causas, como los prejuicios de Occidente hacia un mundo caricaturizado como la encarnación del lujo y la decadencia. Eso fue lo que hizo, por ejemplo, Umberto Eco en la novela Baudolino (2000): uno de sus personajes está más preocupado por darse un gran banquete que por el saqueo de Constantinopla a manos de los cruzados, en 1204.

El caso es que los estereotipos han conducido, con demasiada frecuencia, a posiciones muy reduccionistas. Recordemos, por ejemplo, que todavía hoy una discusión “bizantina” es una controversia absurda que no lleva a ninguna parte.

Para el gran público, Bizancio suele ser sinónimo de Justiniano (483-565), el monarca que se lanzó a una atrevida reconquista del oeste del Imperio romano, ocupado por los pueblos germánicos un siglo antes. De hecho, a él le hubiera extrañado mucho que le calificaran de bizantino, puesto se ubicaba en el universo latino tanto como Julio César o Trajano.

Es por eso que el historiador y arqueólogo Arturo S. Sanz, siempre que puede, habla de romanos para referirse a sus súbditos en su último libro. Belisarius (HRM, 2021) es una biografía del célebre general que se apoderó de la Italia de los ostrogodos y el África de los vándalos. Su visión estratégica hizo posible que los grandiosos planes de Justiniano pudieran llegar a materializarse.

Valiente y leal

Su nombre es conocido, sobre todo, por la novela que le dedicó Robert Graves en 1938. Pero, más allá de la imaginación del escritor británico, ¿quién fue el auténtico Belisario (c. 505-c. 565)? Su rostro lo conocemos gracias al mosaico de la iglesia de San Vital de Rávena, en el que aparece a la izquierda de Justiniano. Sus facciones muestran a un hombre que transmite valentía y honradez, cualidades que demostró de sobra. La primera, en el campo de batalla. La segunda, cuando se negó a utilizar su fuerza militar para reemplazar al emperador.

Pese a esta contrastada lealtad, Justiniano nunca confió en él por completo y lo hizo vigilar de cerca. Así, el héroe de tantos combates se vio inmerso también en las peligrosas intrigas de la corte, un mundo en el que se libraban encarnizadas luchas de poder que hacen palidecer a las de Juego de tronos. No es cierta, sin embargo, la leyenda que afirma que el soberano mandó cegar a su fiel servidor y lo redujo a la mendicidad.

Belisario inicio su meteórica carrera combatiendo en el frente oriental contra los persas sasánidas. No tenía que alcanzar ninguna victoria deslumbrante, solo unos pocos triunfos que aseguraran una paz honrosa. Permitió de esta forma que el Imperio se despreocupara de aquella frontera para dedicarse a su verdadero objetivo, los reinos bárbaros occidentales.

Sus brillantes victorias iban proporcionarle un gran prestigio. En África aprovechó los problemas internos de los vándalos, que eran arrianos, pero mandaban sobre una población católica que veía en los bizantinos a unos libertadores. Que su monarca, Gelimer, fuera un usurpador tampoco ayudó a su causa. Justiniano pudo justificar su intervención como un socorro al monarca depuesto, Hilderico.

En Italia, los ostrogodos también serían víctimas de sus propias disensiones. La reina Amalasunta, tras la muerte de su joven hijo Atalarico, decidió casarse con Teodato, duque de Tuscia. Pensó que fortalecía su delicada posición en la corte, pero a su flamante marido le faltó tiempo para enviarla a prisión y hacerla ejecutar. El ejército de Belisario ya tenía una excusa para hacer acto de presencia y castigar a Teodato. Los ostrogodos, sin embargo, no iban a ser tan fáciles de someter como los vándalos. Su resistencia fue larga y encarnizada.

Un líder respetado

Belisario sabía imponerse y ganarse a la vez el afecto de sus hombres, con los que compartía penalidades. No luchaba a caballo, como era habitual entre los generales, sino a pie, como un mero soldado de infantería. Además, prestaba una gran atención a las necesidades de sus tropas. Si la situación lo requería, no dudaba en utilizar su propio dinero para garantizar la atención a los heridos.

Esta proximidad a los combatientes, de todas formas, no debe ser malinterpretada. Si la disciplina estaba en juego, sabía mostrarte tan implacable como el que más. No toleraba, por ejemplo, desmanes con la población civil, cuyo apoyo necesitaba. Tampoco actos como la deserción.

Una fuente muy conocida del reinado de Justiniano es la Historia secreta, de Procopio de Cesarea (c. 500-c. 560). Muchos la desacreditan por tendenciosa, a la vista de la violencia con la que se lanza contra Justiniano, del que critica su brutalidad e ineptitud. Habría sido, de creerle, un demonio con forma humana responsable de un “billón” muertes.

Este “billón” no es una errata, sino el resultado de calcular los miles de víctimas por la guerra y una peste mal gestionada, así como la cantidad de descendientes que nunca llegarían a tener. Sanz, no obstante, cita la obra de Procopio en numerosas ocasiones y cree en la veracidad de la mayoría de sus informaciones, ya que algunas también las aporta el historiador Juan de Éfeso (c. 507-c. 586), un claro partidario del emperador.

Vasallo en casa

Belisario, en su vida pública, aparece como un gigante de la guerra. En la privacidad, mientras tanto, habría estado dominado casi por completo por Antonina, su esposa, a la que perdonó sus reiteradas infidelidades. Antigua prostituta al igual que la emperatriz Teodora, su amiga, dominaba a la perfección el arte de intrigar.

¿Se ajusta esta visión tan crítica a los hechos? Tal vez en este punto Sanz siga a Procopio demasiado al pie de la letra, pero es cierto que el cronista, como antiguo secretario de Belisario, estaba en muy buena posición para conocer según qué intimidades.

A primera vista, Justiniano, con sus espectaculares adquisiciones territoriales, debió de ser uno de los grandes gobernantes de todos los tiempos. La verdadera historia, como acostumbra a suceder, resulta menos edificante: el pueblo sencillamente le odiaba, harto de continuas expediciones que se financiaban con una agobiante presión fiscal. Cualquier método resultaba aceptable, por implacable que fuera, si servía para que emperador impusiera su voluntad. Así las cosas, el Imperio, exhausto, tardaría solo algunas décadas en perder buena parte de las provincias recién incorporadas. 

 

Fuente: https://www.lavanguardia.com

Por: Francisco Martínez Hoyos 

 

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