En la noche del 16 de junio de 1944, un grupo de 30 prisioneros fue
subido a rastras a una camioneta con rumbo desconocido. Mientras los
empujaban, sus captores habían insistido en que ninguno llevara sus
pertenencias. Los prisioneros formaban un grupo casi homogéneo de
hombres de entre 20 y 30 años, con la excepción de uno. Este era más
bien mayor y la sangre que cicatrizaba en su rostro dejaba entrever un
bigote y un semblante tranquilo, resignado a lo que ocurriría apenas
unos momentos después.
La ejecución por fusilamiento, tanto de
él como de sus compañeros, tuvo lugar luego de tres meses de un
extenuante encarcelamiento y repetidas torturas. Todos ellos pertenecían
a la resistencia y habían logrado sabotear la presencia del ejército
alemán que ocupaba territorio francés desde su invasión en 1940. Sin
embargo, en junio de 1944, los alemanes podían percibir que la guerra
estaba tomando un giro inesperado: su aventura soviética había fracasado
y el contingente aliado había desembarcado a inicios de mes en
Normandía, con un avance imparable que solo terminaría con el suicidio
del Führer y la rendición incondicional del Reich.
Para Marc
Bloch, su ejecución puso fin a un trayecto de patriotismo que había
comenzado 30 años antes, cuando se enlistó en el ejército para defender a
su país de las fuerzas del káiser alemán en la Primera Guerra Mundial.
Proveniente de una familia judía, Bloch no dudó en enlistarse en 1914 y
en 1940, especialmente ahora que el enemigo tenía como propósito
hostilizar y eliminar a los judíos de Europa, lo cual llevó a que Bloch
perdiera su trabajo en la universidad y a que su vivienda fuese saqueada
cuando Francia fue ocupada.
Su compromiso y posterior
sacrificio han sido reconocidos por su país ocho décadas después de su
ejecución. El pasado martes 23, Bloch se convirtió en el primer
historiador en entrar al Panteón francés, el mausoleo nacional donde
descansarán sus restos simbólicos junto con los de su esposa, Simonne
Vidal (la familia no quiso que su cuerpo fuese trasladado y los restos
de su esposa jamás fueron ubicados). El anuncio había sido hecho en
noviembre del año pasado por el presidente Emmanuel Macron, quien
destacó de Bloch su 'lucidez avasalladora' y la 'valentía de sus ideas'.
Inicialmente programada para coincidir con la fecha de su fusilamiento,
la ceremonia tuvo que posponerse debido a que Macron debió participar
en la reunión del G7.
La elección de Bloch para ingresar al
Panteón no fue al azar. Macron destacó el carácter laico del
historiador, quien sufrió directamente las medidas antisemitas y que,
aun así, no dudó en empuñar un arma para defender a sus conciudadanos,
profesen o no su misma fe judía. La ceremonia fue, por encima de todo,
un mensaje ante la actual presencia del fascismo, así como contra los
ataques a la República y a sus fundamentos espirituales y de la razón.
En palabras de Macron: “Marc Bloch une Francia e historia, República y
ciencia, gobierno y razón”. No es casualidad, tampoco, que la familia de
Bloch se haya opuesto a que miembros de la extrema derecha fuesen
invitados a la ceremonia, para evitar que pudieran sacar provecho y
buscar limpiarse políticamente.
La experiencia militar de Bloch iba de la mano con su formación
profesional como historiador, y no es posible entender esta última sin
la primera. Si bien es conocido por su trabajo como medievalista y por
haber sido uno de los pioneros, junto con Lucien Febvre, del grupo de
los Annales, Bloch no rehuyó establecer una reflexión entre el pasado y
el presente, algo aún impensable hasta entonces. En realidad, dos de sus
libros más inquietantes, La extraña derrota y El oficio del historiador, fueron escritos durante la Segunda Guerra Mundial y publicados de manera póstuma.
El oficio del historiador
constituye un autoexamen como investigador del pasado, ciudadano y
padre, ya que pensó el libro como una explicación sobre en qué consistía
su profesión para su hijo Étienne, apenas un adolescente. Escrito
durante su período de clandestinidad, Bloch fue dejando varios
borradores a medida que se movía de un lugar a otro y tenía acceso a
algunos libros de su biblioteca o a los que podía conseguir sobre la
marcha. Aun en un escenario así, no permitió que la adversidad se
filtrara en sus escritos y mantuvo un tono sereno mientras los
redactaba.
Como decíamos, Bloch no distinguía (y menos en momentos como ese)
una separación entre su labor militar y su labor como historiador. Su
incorporación a la resistencia fue una sorpresa para sus integrantes,
que no sabían muy bien qué hacer con aquel historiador mayor de 50 años.
Pronto se dieron cuenta de su experiencia militar y su habilidad para
labores de inteligencia. Bajo el seudónimo de 'Narbonne', Bloch destacó
en actividades de organización y propaganda. Como lo señala la
periodista Stéphanie Trouillard, la clandestinidad le inyectó nuevos
bríos al viejo historiador y lo mantuvo activo hasta su captura en marzo
de 1944.
Durante semanas, sus captores de la Gestapo lo
torturaron, buscando sacarle información. Sabiendo que eso ponía en
peligro a sus compañeros, no les dio ninguna que pudiese delatar sus
nombres o ubicaciones. Las condiciones de su celda y el castigo
reiterado le dejaron problemas respiratorios. Sus restos mortales no
serían identificados sino hasta meses después. Con el Reich alemán
desintegrándose rápidamente y Francia ya liberada, Bloch había cumplido
con su misión.
Su entrada el pasado jueves en el Panteón y el
homenaje de su país y de quienes compartimos su profesión y terquedad es
solo una forma de recordarnos su compromiso y lo destructivo que puede
ser (y es) el fascismo.
Fuente: https://larepublica.pe
Por: José Ragas. Historiador.
Radica en Santiago de Chile, donde enseña en la Universidad Católica de
Chile. Es especialista en temas de ciencia y tecnología. Su libro más
reciente es Los años de Fujimori (1990-2000), publicado por el IEP.
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