Desde el comienzo de nuestro andar profesional, que coincidió con el
de un nuevo siglo, venimos escuchando que los profesores deben
“incorporar la tecnología a las aulas”, “inspirar a sus estudiantes y
enseñarles a pescar”, “co-construir conocimiento” con ellos o promover
clases “colaborativas”.
Recientemente, desde la irrupción de las inteligencias artificiales
generativas (IA), designadas casi unánimemente por la que parece la IA
por antonomasia, ChatGPT, estas frases, estereotipos y soluciones
mágicas sobre lo que ocurre en las aulas se han disparado, tanto entre
quienes ven desde afuera el proceso educativo como entre sus
protagonistas. Como profesores de escritura académica, a menudo
escuchamos voces de alarma que advierten sobre “el fin de la escritura
tal como la conocemos”, acompañadas siempre de remedios infalibles para
retrasar lo inevitable o para sobrevivir a ello mediante una adaptación
más cercana a la resignación que al convencimiento. Y sí, quizá esto
pueda ocurrir, pero algo hay que hacer mientras tanto. Por ejemplo,
planear la próxima clase y decidir si se les permitirá a los alumnos
usar ChatGPT.
No hubo un solo artículo o entrevista que hayamos leído que no
comenzara por este el mismo tópico. Como con cualquier tecnología, la IA
suscita dos posiciones enfrentadas: la de los (tecno)optimistas, aun
utópicos, y la de los pesimistas, oposición que se remonta a la conocida
antinomia de los apocalípticos y los integrados, propuesta por el
semiólogo Umberto Eco, de la que tampoco podemos escaparnos nosotros
mismos. Pareciera, especialmente en ámbitos como el educativo, que
tenemos que posicionarnos ya, que urge tomar partido por un bando u
otro, aunque aún no contemos con evidencia clara para justificar esa
decisión.
Es cierto que la IA, especialmente cuando se usa para generar texto,
no parece una “herramienta” inofensiva: esta es una metáfora de la que
echamos mano para tratar de enfrentar su complejidad o para sentir que
la controlamos. También es cierto, como sostiene Carlos Scolari,
académico de la Universitat Pompéu Fabra, que “tenemos que dejar de
pensar que los jóvenes son víctimas o tontos”, títeres incapaces de
actuar con rigor y juicio, según comentó en un seminario celebrado en el
ITAM en diciembre pasado a propósito de estas cuestiones. Pero también
es cierto que la IA nos enfrenta a todos, jóvenes o no, a dilemas
impostergables, empezando por el de si debemos impulsar su uso en las
aulas y de qué manera hacerlo, en caso de que la respuesta sea
afirmativa.
Entre los argumentos adversos, escuchamos que la IA es una tecnología
extractivista, lo que significa que, como si de una mina se tratara,
extrae información por vías no siempre transparentadas, la “materia
prima” que enriquece a unos pocos. Ni hablar de derechos de autor, a
pesar de que todo lo que producen las IA surge de materiales previos a
los que no se les otorga crédito ni mucho menos regalías. Por si fuera
poco, la IA no está exenta de prejuicios y de sesgos, y no solo al
generar texto: por ejemplo, numerosos estudios alertan sobre la
prevalencia, en las imágenes, de aspectos físicos, económicos y
culturales asociados con el llamado “norte global”, aun con prompts
específicamente referidos a otras latitudes y vivencias. Los dilemas
éticos pueden ser aún más graves: pensemos, si no, en el caso de quienes
pidieron ayuda a ChatGPT para suicidarse, sin que mediara ninguna
objeción de esta “herramienta”, o en los múltiples casos de imágenes
retocadas por Grok, la IA de X (Twitter), para desnudar a mujeres.
Más allá de los problemas éticos, que tienen que ver con la esencia
de la IA, su uso en la educación es ya un hecho que requiere reflexiones
urgentes y regulaciones institucionales claras. Mientras estas últimas
llegan –esperemos que concebidas y redactadas por humanos–muchos
maestros hemos tenido ya que tomar decisiones en el aula, donde tarde o
temprano la realidad siempre acaba por inmiscuirse. De manera intuitiva,
según comentamos con colegas y leemos en artículos y redes sociales, la
mayoría de los docentes coincidimos en el diagnóstico y en las medidas
que venimos aplicando.
Al menos hasta el día de hoy, textualmente, el uso de la IA como ghostwriter
atenta contra la reflexión y contra la creatividad, no solo porque no
es producto de quien “escribe” (o de su agencia), sino porque promueve
un tipo de escritura fragmentario (que adora el uso de bullets o
viñetas), con una estructura demasiado equilibrada (en pros y contras) e
ideas tópicas, que gustan de la generalización, siempre expresada en un
estilo condescendiente y soporíferamente neutro, demasiado
correcto y previsible. A la IA le falta vida, como es lógico, y entonces
no es capaz de incluir todo aquello que nos hace humanos al pensar y,
por tanto, al escribir, algo fundamental para aprender en la
universidad: nuestras emociones, experiencias y forma de ver el mundo.
Entonces, los educadores hemos tenido que empezar a adecuar nuestras
actividades. Hace tiempo que supimos que las clases basadas solo en una
exposición magistral ya no eran asimiladas por nadie, o que teníamos que
promover un aprendizaje constructivo y más práctico. Pero a diferencia
de años anteriores, ahora tenemos que poner mayor énfasis en los
sentimientos y en las vivencias de cada quien, y ser cada vez más
específicos. Ya no basta con aportar datos cuantitativos (que cualquier
IA puede rastrear), sino que es fundamental desplegar una mirada propia,
distinta de la común, repetida o general. Hay que hacer valer a ese
gran excluido de la escritura académica, el yo: a cuántos no
nos habrán enseñado, en aquellas viejas clases de metodología de la
investigación, por ejemplo, que había que emplear un estilo objetivo,
despersonalizado, centrado en el tema, y no en la subjetividad de quien
escribía. Eso no nos parece posible hoy en día.
Otro cambio, relacionado con el anterior, es que se han tenido que
promover más instancias de ejercitación y de evaluación oral. Trabajos
en equipo, debates, entrevistas, exámenes orales y otros géneros que tal
vez habían sido desplazados por la escritura hoy están volviendo al
centro de la escena. Como maestros, sentimos que no se trata de
ejercitar la instancia oral meramente para verificar que el autor de un
texto es en efecto el estudiante. Por el contrario, como Sócrates, que
mediante el diálogo ayudaba a “dar a luz” una idea, vamos pensando
juntos, en voz alta, a veces a partir de la formulación de un prompt, a veces, de lo que la IA arroja como respuesta, siempre dudando y cuestionando.
Además, con la multiplicación de recursos tecnológicos, es cada vez
más obvio que cada texto requiere una estrategia distinta de escritura.
Cuando decidimos escribir este ensayo, por ejemplo, no teníamos claro
por dónde empezar; si sería una escritura a cuatro manos sincrónica, con
ambos autores en el mismo espacio físico; si abriríamos un documento
compartido para ir anotando ideas y reescribiendo o corrigiendo las del
otro, como en un palimpsesto; si, como finalmente ocurrió, escribiríamos
a solas, cuando el trajín de la vida cotidiana nos lo permitiera,
partiendo de las ideas sobre las cuales veníamos rumiando hace tiempo y
sobre las que tantas veces hemos platicado. Optamos por lo último, y
estas líneas son producto de un ir y venir de versiones, con comentarios
al margen y oraciones o palabras en rojo, en un camino que no fue
lineal, como no es lineal el pensamiento humano.
Por supuesto, otros aspectos relevantes son los de la verificación de
información y el armado del texto. Mientras se confirma esa intuición
de que la escritura se parecerá de manera creciente a un ejercicio de
(re)lectura y edición, es un hecho que cada vez es más necesario enseñar
a los estudiantes no solo a buscar bibliografía pertinente y fiable,
sino también a evaluar la que propone la IA, a seleccionar lo relevante
de sus respuestas y a pedirle que corrobore sus afirmaciones en fuentes
verificables. Cuando está a cargo de seres humanos, el acto de escoger
un autor u otro no se basa en la estadística; involucra aspectos tan
diversos como la propia experiencia o formación, o la tradición de
pensamiento en que uno se inscribe o de la que toma distancia. Habría
que analizar en mayor detalle qué referencias bibliográficas aporta la
IA –cuando las aporta–, en qué lengua están escritas y de dónde proceden
geográfica, cultural e ideológicamente. Armar un texto coherente y
cohesionado a partir de diferentes prompts es una habilidad
compleja pero ideal para ejercitar en el aula, tanto por su vertiente
pedagógica, que exige y desarrolla la capacidad de revisión y de
lectura, como por su utilidad para la escritura.
La IA está atravesando nuestras prácticas y a veces arrasando con
algunas. En este sentido, un ejercicio interesante es el de deconstruir
lo que afirma con tanta seguridad; introducir la duda, la repregunta, el
matiz.
Ahora bien, las “actualizaciones” pedagógicas que trae aparejada la
IA distan mucho de ser óptimas, y si han sido relativamente eficaces en
un periodo que quizás podríamos ya calificar de transición hacia no
sabemos dónde, presentan también varios inconvenientes. El primero de
ellos es que la IA puede realizar todas esas actividades, incluso las
concebidas para no incentivar su uso o para corregirlo. Por situada y
personalizada que sea una consigna, por centrada que esté en un episodio
autobiográfico del alumno o en un tema cercano a su realidad, que lo
obligue a tomar postura, parecen ser pocos los que, teniendo la opción
de recurrir a la IA, evaden su uso para preguntarse qué piensan ellos
mismos. En el mejor de los casos, la IA se revela como un intermediario
entre el estudiante y su punto de vista; en el peor, se vuelve un simple
sustituto. La edición, adecuación del estilo y verificación de datos
–actividades que exigen una capacidad de lectura más elevada que la
necesaria para documentarse y escribir un ensayo, y con la que pocos
estudiantes cuentan–, también las puede realizar el chat, y
cada vez mejor de lo que estamos dispuestos a admitir. Esta situación
encuentra su momento más representativo cuando se le pide al alumno que
reflexione sobre su relación con la IA, y lo primero que hace es pedirle
la respuesta a la IA.
No se trata de culpar a los alumnos ni de acusarlos de perezosos u
oportunistas. Después de todo, si hay una tecnología disponible para
ayudarlos de manera eficaz en una situación determinada (por ejemplo,
para empezar a escribir o para estructurar el texto según las
convenciones de cierto género especializado), que es para lo que sirve
la tecnología, ¿por qué no habrían de usarla? Encima, los jóvenes están
sometidos a mensajes contradictorios, o más bien bastante claros, que
repiten que su preparación técnica y el dominio de las herramientas
tecnológicas son de las partes más importantes de su formación y la
clave para su inserción exitosa en el mundo laboral. ¿Cómo se puede
pretender, en un entorno que no deja de endiosar a la tecnología, que el
alumno prescinda de ella en su propio beneficio?
Son los mismos mensajes que se nos repiten una y otra vez a los
profesores, a quienes se nos exige incorporar la tecnología en el aula y
enseñarles a los alumnos a emplearla, incluso sin saber qué entraña,
cuál será el resultado de ello y, peor aún, cuando hay evidencia de que
su uso no necesariamente mejora el aprendizaje. Por supuesto, habría que
ver de qué tecnología hablamos –el lápiz y el papel también lo son– y
de qué modo se emplea, pero es innegable el interés de apoyar la
digitalización en el aprendizaje por parte de todos los actores
involucrados en él, de autoridades a padres de familia y de los mismos
alumnos a los profesores. Aunque a estos últimos no se les suela pedir
su opinión, por considerarse que, por principio, son adversos a la
innovación y están alejados del mundo real, como si el aula fuera un
universo fantástico y no un punto donde convergen realidades etarias,
sociales e ideológicas muy distintas, a diferencia de otros ámbitos que,
quizás precisamente por vivir en una burbuja, se consideran poseedores
de la verdad absoluta y de las soluciones definitivas, de preferencia
tecnológicas.
Otra cuestión problemática es la paradoja de enseñar a usar
correctamente la IA con el objetivo de que, una vez que esto se ha
conseguido, prohibir su uso. Todos los maestros nos jactamos de
reconocer una tarea elaborada con IA al primer vistazo, orgullo que
inocentemente omite las decenas que seguramente dimos por buenas debido a
que los estudiantes se encargaron de “humanizarlas”. No resulta muy
complicado identificar un texto generado con IA cuando el alumno hace un
simple copy-paste y se olvida de borrar los buenos deseos del
chat, que espera que su trabajo le guste mucho al profesor. Para evitar
estos casos, es necesario hacer un acompañamiento pedagógico, de manera
que el alumno intervenga en los diferentes procesos de la “escritura”,
desde el prompt hasta el producto final, incluyendo la adecuación del estilo según las expectativas del destinatario.
Así, el conocimiento más valioso que aún podría aportar un maestro es el de enseñar a formular prompts,
mientras los alumnos discuten en equipo cuál IA o aplicación es más
efectiva para humanizar sus textos. Al final de este proceso, el alumno
estaría capacitado para engañar por completo a su maestro, quien a estas
alturas ya no se sabe si se encuentra satisfecho o alarmado ante tal
éxito. Llevando esta situación a un extremo cada vez más absurdo, la
educación podría convertirse en una cadena en la que el profesor diseña
sus tareas con IA, el alumno las responde con IA y el profesor las
corrige con IA, en una perversa simulación vacía de todo contenido, pero
eso sí, en sintonía con los últimos avances tecnológicos.
Todas estas medidas, por espontáneas o meditadas que estén, comparten
una grave limitación: están concebidas para aprovechar o para
desincentivar el uso de la IA, convertida, ya sea como aliada o como
villana, en presencia o en ausencia, en protagonista del proceso
educativo. Atrás quedaron los tiempos en que se diseñaban tareas y
actividades pensando en los objetivos pedagógicos, en la mejor manera de
acercar los contenidos a la clase, en desarrollar habilidades
específicas según el programa académico. Cada vez más, la mayor
preocupación es de qué manera evadir a ChatGPT o de qué manera
convencernos de que lo estamos empleando en beneficio del alumno.
Además, en el ambiente escolar y universitario, se extiende la
desconfianza hacia todo y hacia todos: desconfianza a que los alumnos
deleguen todo en la IA; a que el profesor no logre interesarlos con
casos y ejemplos “entretenidos”, por lo que no le queda más remedio que
recurrir a la IA, y desconfianza –esta sí más que justificada– a que
cualquier información que se encuentre en línea sea una invención,
producto de las alucinaciones de una IA sobrepasada por la inutilidad de
sus usuarios o por su intención deliberada de engañar a quien tenga
ganas de dejarse engañar.
En este panorama paranoico y anárquico, donde el salón de clases
oscila entre una pequeña sociedad de la vigilancia y el Viejo Oeste, los
maestros tenemos que elegir el papel que deseamos representar: el
policiaco, y contentarnos con vigilar y castigar el uso de la IA; el
indolente, y hacernos de la vista gorda y fingir que no pasa nada; el cool,
entretenido, y buscar desesperadamente un tema que interese tanto a la
clase que opte por no mirar su celular mientras hablamos; el
responsable, e improvisar al ritmo del avance de la IA; el autoritario, y
prohibir la consulta de cualquier aparato; el empático, e interactuar
con el chat al lado de los alumnos; el predicador, y convencerlos de que
el uso de la IA es pernicioso, o bien, una mezcla de todas estas
posibilidades, que no son más que las fases por las que todos hemos
atravesado una y otra vez, sin tener en claro cuál será el final del
proceso.
Sin embargo, no todo son malas noticias, o al menos queremos creer
que está en nuestras manos que no lo sean. El ritmo frenético de la IA y
sus espectaculares avances son una extraordinaria oportunidad para
detenerse y pensar un poco las cosas. Ante el vértigo, nada mejor que la
pausa. Para empezar, hay que recordar que saber usar adecuadamente una
tecnología implica también saber cuándo no usarla, así como reflexionar
sobre cómo modifica nuestro comportamiento. No debemos olvidarnos de que
“ser usuario” de una tecnología no implica meramente “usarla”; es
adaptarse –y a veces, dependiendo de la situación, someterse– a ciertas
reglas del juego, las que aquella impone. La IA no debería constreñir
nuestro pensamiento ni encorsetar nuestra expresión. En un escenario
pesimista, toda escritura se parecerá más a la inane neutralidad de
ChatGPT, pero también es posible que, por contraste, la escritura busque
ser más personal, con un estilo distintivo, moldeable a distintas
situaciones, pero con una identidad reconocible. Dicha tensión entre
homogenización e individualidad, muy evidente en la escritura y en la
creación de imágenes, es transferible a cualquier otro ámbito donde la
IA puede meter su cuchara. Es tan probable como preocupante que esta
diferenciación, así como el uso realmente adecuado de la IA, esté
reservado a una élite educada; depende de las instituciones educativas y
de los profesores que esto no suceda y que no se convierta en una nueva
causa –otra más– de desigualdad.
Pero, más allá de la emergencia tecnológica, también es un excelente
momento para repensar la educación en el nivel universitario y en
general. Más que la posibilidad de crear una imagen en la que brindamos
con Messi, quizás tendríamos que agradecerle a la IA la posibilidad de
recuperar ciertas prácticas pedagógicas falsamente obsoletas –de la
escritura manuscrita a la lectura en el aula– y la de reevaluar qué es
necesario enseñarles a los alumnos. Es una oportunidad para decidir si
se debe priorizar el desarrollo de habilidades o el aprendizaje de
contenidos, sin caer en una falsa dicotomía, y para repensar la función
de la universidad en esta época incierta. Son muchas las preguntas y,
faltaba más, ignoramos las respuestas, pero sí tenemos algo en claro: no
será ChatGPT quien nos las brindará, sino el trabajo docente de todos
los días, el diálogo y el ejercicio del criterio, esa habilidad cada vez
más oculta entre pixeles engañosamente luminosos. ~
Fuente: https://letraslibres.com
Por: Federico Guzmán Rubio y María Gabriela Mazzuchino
CADENA DE CITAS