Ha muerto António Lobo Antunes y con él ha muerto una sintaxis, un estilo que lo convirtieron en uno de los grandes novelistas de nuestro tiempo. Fue el escritor de las intensidades narrativas, de las atmósferas cargadas de brumas psicológicas como si las brumas del Atlántico hubieran pasado a formar parte de las vidas de unos personajes que siempre llevaban el peso de una culpa.
Portugal hoy está de luto porque en Portugal se sigue celebrando a sus escritores y se les sigue llorando. Un país que continúa creyendo que son glorias nacionales, símbolos, emblemas y patrimonio común. Hoy Portugal sabe que esa pérdida es tan honda que algo de ellos, de la expresión de lo que son como pueblo, también ha muerto. Tal vez una forma de entenderse y una forma de expresarse.
En Lobo Antunes están todos los esplendores y todas las heridas de Portugal. Está la dictadura de Salazar como una losa que pesa en la conciencia del país, no solo a nivel político sino íntimo, familiar, social, un régimen que Portugal interiorizó durante mucho tiempo y que le dio una visión del mundo. Y está también aquella fractura que fueron las guerras coloniales, las pérdidas de Angola y Mozambique, los ataúdes llegando a Lisboa, los entierros en pueblos remotos de muchachos casi siempre pobres envueltos en la bandera nacional. Pero está muy intensamente esos dramas de la vida rural o urbana envueltos en una tragedia honda, una Portugal de seres para los que la vida es un trauma y que piensan, como Unamuno, que Portugal es un país de suicidas.
Lobo Antunes nació en Lisboa el 1 de septiembre de 1942 en una familia acomodada. Como él declaró recientemente perteneció a la clase de los eternos culpabilizados, «porque tuve muchos privilegios y conciencia de ellos». Estudió medicina y se especializó en psiquiatría. Trabajó en la casa de reposo Miguel Bombarda donde además encontró el lugar perfecto para escribir sus libros. Fue movilizado por el ejército y estuvo en la retaguardia en Angola, donde escribió un epistolario amoroso a la mujer con la que acababa de casarse. En 'Cartas desde la guerra' hace un retrato brutal de la descomposición que Portugal vivía y que se simbolizaba en ese tedio, en ese hastío que él experimentó en la retaguardia. Era 1971 y en toda esa desgana, en todo ese abandono cabe pensar que estaba ya el germen de la Revolución de los Claveles.
Tal vez toda la literatura de Lobo Antunes fue una larga carta que buscaba la salvación personal. En sus casi treinta novelas (acababa de publicar 'A Última Porta Antes da Noite') buscó sobre todo revolucionar la literatura portuguesa, quitarle el polvo de provincia cultural y darle una nueva dimensión. La dimensión de la poesía. Nadie como él se atrevió en Portugal a darle a su estilo un aliento poético. En cada una de sus páginas está la expresión de la poesía para comunicar esas interioridades a la deriva de la vida. Las novelas de Lobo Antunes no ponen su énfasis en el argumento entendido como trama, sino en las atmósferas, los mundos psicológicos, las descripciones. Hacen un pacto con el lector que es el de la exigencia. Y a partir de ahí construyen una especie de aliento épico de la derrota, de las víctimas y de los desarraigos. En una época de trivialidades narrativas, de entretenimientos pasados por novelas, Lobo Antunes supo que su verdadero sitio estaba en no trivializar sino en profundizar, en no comerciar con las palabras sino en exigirles que también ellas fueran una herida abierta.
Desde su primera novela 'Memoria de elefante' (1979), cada obra suya supuso un seísmo en las letras portuguesas. Pero sería en los años 80 y 90 cuando su nombre pase con todos los honores a lo mejor de la literatura internacional. Libros como 'Auto de los condenados' (1985), 'Tratado de las pasiones del alma' (1990), 'El orden natural de las cosas' (1992), 'Manual de Inquisidores' (1996) o 'Esplendor de Portugal' (1997) dan la medida de su gran, enorme narrativa. En ellos hay juegos de perspectivas y juegos temporales, rupturas de la coherencia narrativa tradicional que busca un nuevo modo de coherencia textual, escritura muchas veces fragmentada, disposición poco común de la narración y de lo que es el diálogo. Se puede decir que después de revolucionar todo giró hacia sí mismo y él mismo se convirtió en su asunto central.
Escribía siempre a mano, con una caligrafía casi tan microscópica como Robert Walser. Nunca hacía planos de sus novelas, ni preveía el argumento, era la memoria y las imágenes las que daban lugar a su escritura.
«No pienso mucho en la muerte» declaró. Pero es cierto que todo el mundo que había conocido se iba derrumbando, sobre todo cada vez eran más lejanos los recuerdos de los amigos, las mujeres, la propia familia. La muerte de su hermano Pedro, lo marcó.
Portugal está de luto. Pero también todos los lectores de todo el mundo que lo tuvieron como alguien que no lo solo les mostraba unas intensidades de la realidad nunca antes expresadas, sino que además le hacía estar ante una forma nueva de idioma y de visión de las cosas. En Lobo Antunes la derrota de las ilusiones nunca era una derrota un sitio que se abría totalmente insospechado.
Fuente: https://www.abc.es
Por: Diego Doncel
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