Benito Jerónimo Feijoo escribe una carta en la que declara que no quiere
dejar la tranquilidad de Oviedo para irse a vivir a Madrid. Entonces
suelta una cita de Horacio: “Scriptorum chorus omnis amat nemus et fugit urbes”;
o sea: “Todo el coro de escritores ama el campo, pero escapa a las
ciudades”. Suena muy verdadero; si bien ahora no quiero ocuparme de eso,
sino de la continuación de esa carta. Cuenta que un tal Similis mandó
escribir en su lápida: “Aquí yace Similis, que murió a una edad muy
avanzada, pero solo vivió siete años”.
Servio Sulpicio Similis fue un militar y político romano que sirvió
para los emperadores Trajano y Adriano. A este último le solicitó varias
veces su retiro, hasta que le fue concedido. Entonces se mudó a vivir
tranquilamente al campo, donde murió siete años después.
Según Heródoto, entre los nómadas maságetas se celebraba una larga vida… ma non troppo.
No establecen de antemano ningún límite a la vida humana, pero cuando
uno llega a muy viejo, se reúnen todos sus parientes y lo inmolan; y,
con él, inmolan también muchas reses; luego, cuecen sus carnes y
celebran un banquete. Esto se considera, entre ellos, como la suprema
felicidad; en cambio, al que muere de enfermedad no se lo comen, sino
que lo entierran, considerando una desgracia que no haya llegado a la
edad de ser inmolado.
Cuenta también que la esposa de Jerjes, muy contenta de haber
cumplido muchos años, lo celebró enterrando vivas a “siete parejas de
muchachos persas pertenecientes a destacadas familias”.
Demócrito pensaba que la edad avanzada estropeaba la vida porque se
agudizaba el temor a la muerte, y el temor a la muerte alargaba la vida.
Por ahí hay algo de Shakespeare, en el famoso monólogo de Hamlet, que
habla de “That makes calamity of so long life” y de que el temor al más allá es lo que nos hace tolerarle tanta aflicción a la vida.
También dijo Demócrito cosas buenas de la vejez, y más le valía, pues
se cuenta que vivió más de cien años, con algunas versiones asegurando
que llegó a los 109.
Menandro le llamaba a la vejez “un mal deseado”.
Lo común es desear “muchos días de estos” en los aniversarios. En
Polonia, el abrazo al cumpleañero va acompañado de las palabras “sto lat”,
o sea, “cien años”. Nunca les he preguntado cómo felicitan a esos pocos
que han pasado del centenario. A los reyes que recién toman el cetro se
les desea “larga vida”, así sea que los republicanos la prefieran
breve.
Vaya uno a saber si Matusalén vivió 969 años. Como nadie se acuerda
de los segundos lugares, Jared ha pasado al olvido pese a haber cumplido
962 primaveras. No existe el ron Jared. Se sabe que cuando Noé pasaba
de los seiscentos años, todavía sus carnes resultaban apetitosas, tanto
así que uno de sus hijos aprovechó la borrachera del padre para gozarlo
plenamente.
En Los viajes de Gulliver, Johnathan Swift nos da el relato de los Struldbruggs para reflexionar que una larga vida no es siempre deseable.
Séneca, el menos sabio de los sabios, habló a su modo de la edad. En
una carta escribe a Lucilo que “según pienso, el único infortunio para
el hombre es el de creer que en la naturaleza exista alguna cosa que
constituya para él un infortunio”, sin comprender que uno de los
infortunios de Lucilo fue recibir sus cartas. Lucilo se lamenta de un
dolor en la vejiga y otros achaques. ¿Se le ocurre a Séneca recomendarle
beber mucha agua o abstenerse de comidas irritantes? Simplemente le
dice: “¿Acaso no te diste cuenta de que, al desear una larga vida,
también estabas deseando todos estos males?”
Séneca me parece más agudo cuando escribe: “Incluso en una vida muy
larga, es muy poco lo que se vive”. ¿Y quién se conforma con poco?
No faltaba en aquella cultura pasada quien pensara que una larga
existencia no significaba el favor de los dioses, sino lo contrario: el
castigo de la vejez, o bien se decía que los dioses le daban largas a la
muerte de quien no querían entre ellos.
Según algunos estudiosos, la expectativa de vida en la Grecia antigua
era de menos de treinta años. Así no tendría sentido filosofar sobre la
larga vida. Sin embargo, este es un promedio que toma en cuenta la
enorme mortalidad infantil, incluyendo a los recién nacidos que
arrojaban en el monte Taigeto, y los jóvenes muertos en guerra. Si se
sobrevivía a esto, podía esperarse una vida más larga de la que hoy se
promedia en México. Sócrates murió a los setenta, pero ejecutado; Platón
pasó de los ochenta; Aristóteles apenas libró los sesenta; también los
trágicos vivieron largo, llevándose la marca Sófocles, que murió a los
noventa; Esquilo hubiese vivido aun más largamente si una tortuga no le
hubiese caído en la cabeza; y Sófocles pasó a la tercera edad muy feliz
porque, al perder su vigor sexual, “me liberé de ello tan agradablemente
como si me hubiera liberado de un amo loco y salvaje”.
La pasaron bien hasta el último de sus días, pese a que buena parte
de aquella filosofía y la propia tragedia griega hablaron mal de la
vejez. “¡Oh desdichada por tu larga vida!”, leemos o escuchamos en una
obra de Eurípides.
Los seguidores de Dioniso, ya entrados en años, preferimos los versos de Ion de Quíos:
Gracias por el vino, padre Dioniso, ¡alabado seas!
Tú que te complaces en los hombres
Tú soberano de los felices banquetes
Danos larga vida, valedor de las grandes hazañas,
Para beber, bromear y tener grandes pensamientos. ~
Fuente: https://letraslibres.com
Por: David Toscana (Monterrey, 1961) es
escritor. Fue ganador del Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para
Escritores 2017 por su novela Olegaroy
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