El estudio de animación japonés Ghibli acaba de ser galardonado con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2026 y no podemos más que celebrarlo. Hace un par de semanas nos sumábamos a Emmanuel Macron en la recomendación de Porco Rosso como inspiración humana y humanista en un mundo oscuro. Pero, como bien recoge la organización que ha premiado al estudio de Hayao Miyazaki, Isao Takahata y Toshio Sizuke, la labor de Ghibli por representar y encarnar a un mundo y a una sociedad por la que sí merece la pena luchar va mucho más allá de una película concreta. Ghibli se tendría que poner en las escuelas, no solo por su carácter ecologista, antibelicista y feminista, también por su corazón humanista, por haber creado decenas de historias en las que la humanidad, cruel y profundamente errada, sigue teniendo salvación, sentido.
Pero no os vamos aquí a descubrir al estudio creador de clásicos como La tumba de las luciérnagas o Mi vecino Totoro. Esa labor ya debería estar hecha y, si no, volvemos a repetir por enésima vez que lo más cerca que estará Netflix de la labor de servicio público es tener en su catálogo toda la obra del estudio. Estamos en nuestro Sábado de Cinefilia y lo que os queremos contar, como viene siendo habitual en esta sección, es una pequeña curiosidad que importa más de lo que parece. Os vamos a contar todo lo que se esconde detrás del nombre del estudio, una elección que explica mucho más de lo que parece.
Vamos primero con la respuesta fácil, con la que cualquier podría encontrar en Google en un momento. Ghibli significa "viento del desierto" y es un término italiano para definir a los vientos calientes del Sahara. Pero la palabra no le llegó a Miyazaki y compañía mientras buscaban en un diccionario de italiano al azar. El nombre de este viento también sirvió para un avión de combate italiano utilizado en la II Guerra Mundial. Aunque Ghibli es conocido por su carácter antibelicista (al igual que toda la sociedad japonesa desde su derrota en la II Guerra Mundial), Miyazaki nació en el seno de la compañía Miyazaki Airplane. Su padre era el director de una empresa vinculada a la creación de piezas para aviones de combate japoneses durante la guerra, periodo en el que la aviación nipona se inspiró fuertemente en la tecnología de aviación occidental. El propio Miyazaki volcaría este background histórico en El viento se levanta y, en menor medida, en Porco Rosso. Volar, con aviones o no, es además otra de las grandes señas de identidad de un estudio que ha "derrochado" millones en animar tejidos y hojas agitadas por el viento que cualquier otro estudio se ahorraría.
Pero lo cierto es que el nombre de Ghibli viene más por este último detalle, el del viento "innecesario" de su perfeccionismo, que por el avión. El estudio decidió llamarse Ghibli en una declaración poética la mar de japonesa para definir las intenciones del estudio. Ellos querían ser un nuevo soplo de aire caliente (aunque aquí la expresión diría fresco) para el mundo de la animación japonesa. Japón es el país de los grandes estudios de animación. Podríamos hablar de MadHouse, Mappa, Kyoto, Toei, Ufotable, Wit... Todos ellos, sin embargo, funcionan de forma completamente opuesta a una Ghibli que nació con la idea de ir al contrario que una industria en la que sigue siendo una rara avis.
Exceptuando a nuestro protagonista, todos los grandes estudios de animación japoneses se crean en torno a series de televisión, animes, que les dan ingresos recurrentes y "seguros", y crean películas a partir de ellos. Por eso, gran parte de la industria de animación japonesa se basa en largometrajes que parten de series anime de esos mismos estudios. Además, en su inmensa mayoría, son adaptaciones de mangas cuyo éxito previo también les dota de seguridad financiera e inversión. Ghibli destrozó esta seguridad industrial y nació con una simple convicción que podríamos llamar, irónicamente, kamikaze. Ghibli nació para crear películas originales para cine, con una plantilla no fija que se reuniría para cada proyecto. En cuanto una película no funcionase, sería el fin del estudio... Ghibli se la jugó y ganó, aunque tampoco nos quedemos en el titular.
La idea de Ghibli nació antes que su fundación oficial. Miyazaki creó el manga de Nausicaä del Valle del Viento con la única intención de reunir dinero para dirigir la película después. Era, básicamente, un storyboard editado como manga. El éxito de esta película supuso la piedra fundacional de un estudio que, en su primera película oficial, El castillo en el cielo, repitió jugada. Es decir, Miyazaki creó el manga solo para encontrar la financiación previa a la película, ya con su estudio recién establecido. Tras dos éxitos, con dinero en el banco, Ghibli empezó a funcionar como quería y como lo conocemos hoy con las dos obras simultáneas que lo posicionarían como leyenda mundial.
Era 1988, y mientras Miyazaki se convertía en el Walt Disney de Japón con Mi vecino Totoro, Takahata demostraba de una vez y para siempre que la animación podía ser adulta, oscura y dramática, con La tumba de las luciérnagas. Ghibli fue a la contra con una dinámica única que hoy sigue explicando que sea el único estudio japonés ganador de dos Premios Oscar a Mejor Película de Animación. Sí, porque por mucho que nos gusten y recauden millones en taquilla, películas salidas de animes seriales como Guardianes de la noche: La fortaleza infinita o Chainsaw Man: El arco de Reze (la segunda mejor película de 2025 para nosotros), nunca van a optar a grandes premios.
Ghibli y su viento a la contra no es importante únicamente por su repercusión o por sus temáticas, sino por ser la más bella demostración de que, con cierta cabeza (Suzuki y su labor de productor controlando a los genios Miyazaki y Takahata, es la pieza clave en la sombra del estudio), no hay mejor fórmula de éxito que el querer hacer las cosas lo mejor posible. En el país más racional y ordenado del mundo, Ghibli apostó por ir a contracorriente y poner el resultado de su arte como único objetivo. Si fallaban, se despedirían de todo y punto. Hoy, más de 40 años después, seguimos celebrándolos. ¿La conclusión? No solo sus películas, sino su propio éxito, cimentado desde el nombre, son un continuo recordatorio de que la única posibilidad de alcanzar nuestros sueños es perseguirlos.
Fuente: https://www.esquire.com
Por: Rafael Sánchez Casademont
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