lunes, 11 de mayo de 2026

Cita CMXLI: Las consecuencias del desprecio, por Jorge Bruce

La manera en que el candidato López Aliaga está pretendiendo desconocer los resultados de la voluntad popular es una bomba de efecto retardado. No deja de ser paradójico que quien continúa propalando falsedades, insultos y amenazas se comporte con una violencia desbocada contra cualquiera que se le cruce por la mente. Porque ni siquiera se limita a hacerlo contra los organismos electorales, a quienes desacredita una y otra vez, o contra los periodistas y medios que lo critican, a quienes incluso les desea la muerte. También lo hace contra personas insospechables de atacarlo, como Keiko Fujimori o Samuel Dyer. Que esto sea posverdad, como señala en un atinado artículo Alfredo Torres, defendiendo el trabajo de Ipsos, o indicios de una patología psicológica grave, como observan Rafael Rey o José Barba, es secundario respecto del daño que está causando a nuestra frágil democracia.

Alguien que llamó "gente de mierda" a los asistentes a uno de sus mítines en Ayacucho se coloca en una órbita cada vez más alejada de los linderos de la salud mental. Pero lo más grave es la ausencia de contrapesos a ese comportamiento desquiciado. Por el contrario, envía a sus huestes matonescas a amedrentar al sucesor del lapidado Piero Corvetto, y Burneo responde procurando aplacarlo. Lo cual solo lo enardece más. No importa que lo más probable es que, a pesar de todas sus bravatas y desplantes, la segunda vuelta sea entre Fujimori y Sánchez: el daño ya está hecho y no es solo a la democracia. Acaso más grave es el desprecio que evidencia a los votos de los que Alan García llamó ciudadanos de segunda categoría.

Es decir, las personas más desempoderadas del Perú: los indios, los cholos, los pobres. Lo cual garantiza que esas personas racializadas y ninguneadas acumulen dolor, resentimiento y rabia. Los mismos que se apresuran a "terruquear" a quien no se someta a sus exclusiones violentas son los primeros en fomentar un clima explosivo en un país tan desigual —el más desigual de la región— y fragmentado. ¿Quiénes son entonces los terroristas? No se ve a nadie utilizando el arma del miedo como lo hace el exalcalde de Lima.

En una suerte de conspiración no pactada, los demás participantes en la lid electoral se ponen de perfil ante estas arremetidas contra los resultados de las elecciones. No son los únicos. Las élites económicas guardan un cauteloso silencio. Como si no estuvieran concernidas. Como si no se estuviera jugando el futuro del funcionamiento democrático en el Perú. Incluso se lanzan propuestas descabelladas —a estas alturas lo descabellado es la nueva normalidad—, como el golpe de Estado democrático. El gran poeta Martín Adán pasaba temporadas en el Larco Herrera (un lugar que hoy parece mucho más sensato que Palacio de Gobierno o el Congreso). En una de sus salidas se dio con la noticia de un golpe de Estado. Su a menudo citado comentario fue: “El Perú ha vuelto a la normalidad”.

En esta atmósfera altamente contaminada de clasismo, racismo y todas las discriminaciones imaginables, las fronteras entre derecha e izquierda se difuminan día a día. El Pacto Corrupto fue la mejor evidencia de ese contubernio. Alguna vez le escuché decir a un abogado de uno de los estudios más connotados de Lima: "Nosotros no defendemos leyes; defendemos intereses". No se puede ser más claro. La política peruana de hoy es exactamente eso: un amasijo de intereses en el que la legalidad es un estorbo que debe ser aplastado una y otra vez.

Lo cual nos lleva a preguntarnos por el extraño silencio de los dos probables candidatos a la segunda vuelta ante los improperios y desvaríos de López Aliaga. Ambos se comportan como si no quisieran ganar. Sánchez porque sabe que su paso por el sillón presidencial viene con una gran espada de Damocles sobre su cabeza. Tarde o temprano lo van a vacar. El caso de Keiko Fujimori es más complejo. Lleva años gobernando desde el Congreso y acaso se sienta más cómoda en esa situación de espectadora, con el poder de patear el tablero cuando se le antoje. Pero, como señalábamos en una columna previa, la herida narcisista de una cuarta derrota consecutiva puede ser devastadora. Además, ya no tendrá la mayoría ni las alianzas que le garanticen ser la que corta el jamón.

Pero nada de esto justifica la irresponsabilidad de permitir estos atropellos a las elecciones y pedidos de golpe de Estado. Una vez que lincharon a Corvetto, las furias de Renovación Nacional van por la cabeza de Burneo, quien, como decíamos líneas arriba, hace lo indecible para aplacarlas. Además, petardean a la decana del Colegio de Abogados, Delia Espinoza, y al Poder Judicial. Se entiende que esto le haga el juego a la candidata Fujimori, pues ella misma ha anunciado que irá por el mismo sendero que su padre, es decir, el autoritarismo y copamiento de las instituciones que resguardan el funcionamiento democrático. 

Todo esto no augura buenos tiempos, por decir lo menos. El desprecio de las mayorías nunca ha fortalecido ni fortalecerá la gobernabilidad. Esta lección parecía haber sido aprendida tras las derrotas a Sendero Luminoso y la década autoritaria y corrupta de Fujimori y Montesinos. Todo indica que el ciclo —no solo en el Perú, es cierto— autoritario, corrupto y populista regresa con fuerza. Aunque sea a la mala, tendremos que comprender que del desprecio y la marginación solo pueden venir mayores conflictos, mayor desunión, menos sentido comunitario y del bien común. Por eso el mito de Sísifo es inmortal: forma parte de la condición humana y los peruanos no somos la excepción.

Fuente: https://larepublica.pe

Por: Jorge Bruce es un reconocido psicoanalista de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ha publicado varias columnas de opinión en diversos medios de comunicación. Es autor del libro "Nos habíamos choleado tanto. Psicoanálisis y racismo"

 

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